Playa Ventura



Por Arturo Aguilar 


Suena la radio: Tráfico y clima cada quince minutos. ¡Prepara el paraguas!, se esperan fuertes lluvias para esta tarde y que la máxima sea de treinta y seis grados…

Miro a la ventana y las nubes presagian el caos vial que se vendrá en unas horas. Un rayo dibuja mi silueta escuálida e ilumina mi rostro cadavérico. A mis cincuenta y tantos es algo normal, diría Jiménez, mi doctor. Lo que no es normal es que sigas haciéndole al Tarzán realizando ejercicio a diestra y siniestra.

Me acerco a tomar la botella de whisky y me sirvo uno a las rocas. Me recargo sobre el sofá y acelero el trago. Sin dejar de mirar el reflejo de mi rostro en la ventana, sonrió y me sirvo otro.

Dubitativo y relajado por el whisky tomo asiento y cabildeo con un pensamiento que me ha tenido entretenido, toda la semana. 

¿Porqué no vivir en la playa?

Es raro, pero siempre he tenido un gusto muy especial por el mar. Aunque no podría explicar el porqué nunca me fui a vivir a la playa… o tal vez si.

Recuerdo que desde muy pequeño aprendí a nadar, a petición de la abuela. Una mujer muy audaz que me impulsó mientras vivió y que me alentó en los momentos difíciles, preocupada por lo que pasaría conmigo,  me heredó una suma importante de dinero cuando dejó este mundo y gracias a eso pude encontrar mi vocación aventurera y conocer varias playas del territorio nacional y por su puesto algunas extranjeras.

Existió un viaje muy especial, uno que inició un domingo visitando un mercado de antigüedades. En un puesto cualquiera encontraría una revista que llamaría mi atención. BIDEN, una revista un poco vieja para el tiempo pero que justo en ese número dedicó un reportaje sobre Oaxaca. Hablaba sobre una playa paradisíaca llamada Zipolite. Playa a mar abierto, en dónde se practicaba el surf y el nudismo por parte del turismo.

Con dos hojeadas que le di a la triste revista la adquirí  por un precio mínimo y me fui a hacer las maletas para comenzar la aventura.

El viaje a Oaxaca fue de lo más fácil, lo complicado fue cuando tuve que tomar un camión destartalado, que haría aproximadamente unas dieciséis horas, que entre curvas, barrancos, precipicios, la selva, el calor y la humedad. No veía la hora de llegar.

Aún así todavía caminé durante una hora, siguiendo mi nariz para encontrar la playa con un atardecer impresionante. El mar furioso, mostraba su poder, solté la mochila y me dejé caer instintivamente en la arena.

La noche no tardó en hacerse presente y al parecer no existían más que dos lugares en dónde podía hospedarme. Así que elegí el que estaba más cerca, sin importar el precio, solicité una habitación. Doña Felipa, me daría la información que creía que necesitaría: en la que me hablaba de las horas para entrar a nadar y que no era recomendable meterse por la noche; y por supuesto alguna información sobre los lugareños con quién y como encontrar lo que andaba buscando.

Si está buscando variedad en el sexo busqué a Luisito, es un especialista en eso, usted me entiende. Si busca la experiencia del surf los gringos zarrapastrudos llegan después de las doce del día y se paran justito, aquí, en frente. No se preocupe, que yo le hecho un grito en cuanto lleguen. Pero si busca los hongos, esos que llaman pajaritos… Jacinto se da una vuelta el viernes. Se llevará a un grupo de diez entre mujeres y hombres, por si se anima.

Ahora que si busca alcohol está en el lugar correcto; aquí vendo de todo un poquito, aunque la gente le gusta más la cerveza que otra cosa, yo vendo una bebida de la casa, por si se anima, las zipotucas no cantan mal las rancheras.

Me entregó la llave del cuarto y se fue. Tomé la llave y la apreté fuertemente para decirme a mis adentros. Una zipotuca para empezar y caer bien muerto. Al tiempo que Doña Felipa se apareció frente a mi y me entregó un vaso de veladora con refresco de toronja. Diciendo; para que las pruebe y no le andén contando, se la preparé para dos cuadras. Curioso pero esa vez al terminarme la zipotuca ya estaba hasta las manitas.

No recuerdo muy bien como llegué al dormitorio, para mi todo era un tanto confuso. Cuando bajé a la recepción encontré al grupo de personas que irían a la experiencia del hongo; eran tres gringos, con sus respectivas parejas y dos parejas mas que se veía a leguas que eran más mexicanos que el chile. Le pedí una Chabelita a Doña Felipa y solo soltó una carcajada. ¡Hay mijito!, aquí, se la curo con su cervecita con tequila. Se acercó una mujer morena de ojos verdes, y pidió lo mismo. Saludé por instinto y ella se me quedó mirando largamente a los labios al momento que me decía:¡oye, que lindos labios tienes!. Te los arrancaría en un beso para que nadie más los tuviera. Vaya forma de presentarnos pensé. Le miré sus ojos verdes y ella a completo: ¡No creas que eres especial! , a los gringos también les robaré algo, por ejemplo, ese que me mira, le quitaría su nariz. Ese monumento al moco debe ser mío… Al tiempo que se retiraba tomó mi tarro y gritó: ¡Soy Marisol, por si quieres robarme mis ojos, los tendré abiertos toda la noche, pero no tardes que el viernes nos vamos a la aventura!

Dubitativo vi como besaba al gringo que le echaba los ojos hace un momento. Al tiempo que Doña Felipa me cobró las dos cervezas. Esa tarde me la pasé tirado en las hamacas que estaban afuera del lugar, mirando como las olas se hacían más altas conforme pasaba la tarde y los gringos eran bravos con la tabla. 

A eso de las seis el calor me venció y me quedé dormido tan plácidamente, que desperté hasta la mañana siguiente. Quizás era demasiado el cansancio acumulado del viaje, los tragos, la playita y por supuesto lo placentero del día.

El jueves salí a recorrer a pie el lugar; encontré dos lugares en dónde hacían un pan francés de calidad. En cada uno me comí un croissant de jamón con queso, exquisitos, también vi muchos lugares en dónde fumaban hierba y por supuesto antros improvisados. Ese día traté de conseguir una tabla para practicar el surf, pero mis esfuerzos fueron en vano. Nadie quiso venderme una por cuestiones meramente de costumbres según me explicó Doña Felipa a mi regreso al lugar. Le pedí un agua mineral, al tiempo que se acercó un personaje pequeño de ojos saltones: Soy Pablo dijo a quema ropa; me he enterado que anda en búsqueda de tabla, yo te puedo prestar la mía, de hecho, no creo poder volver a usarla. ¿Qué dices?... De cualquier forma te la dejé afuera. Me tengo que ir, cuídate.

Y se giró Pablo valseando con los brazos un tanto abiertos para mantener el equilibrio. Aquel tipo no me dejó ni presentarme, pensé, Doña Felipa solamente movió la cabeza para completar. Pablo es el que vende los cocos aquí en la playa; el pobre cayó de una palmera de una altura considerable, hace unos días; de puro milagro está vivo el hombre.

Asentí con la cabeza, al tiempo que lancé la pregunta. ¿Oiga, cree que mañana pueda agregarme a la experiencia de los hongos?

Doña Felipa me guiño el ojo y le correspondí con una sonrisa y me dirigí al dormitorio para preparar mis cosas para el viaje, un short y una playera ligera.

Ese día llovió bastante por la noche, el aire chiflaba pero el calor no cedía ni un centímetro, las condiciones eran las mismas que en la tarde, el calor sofocaba.

A la mañana siguiente me levanté temprano para meter un poco los pies al mar y como si el destino me advirtiera lo que iba a presenciar más adelante, vi a un cocodrilo salir del mar con una velocidad sorprendente. Lo miré estupefacto, pero el reptil ni se inmutó, siguió cadenciosamente de frente para meterse en el arroyo que estaba un poco más adelante.

Regresé al dormitorio por aquello de las dudas, pensando en que podría ser el desayuno de aquel cocodrilo y tomé mi mochila. Bajé a la recepción y ahí estaba Marisol molestando al narizón. Entre carcajada y carcajada; la novia del narizón me veía atentamente mientras se colocaba el dedo índice en los labios.

Jacinto entró en el lugar, un hombre moreno de coleta bastante delgado, dueño de un  rostro que  advertía misticismo; armado con su navaja a la derecha y sobrero.  El hombre nos dedicaría una sonrisa dejando ver qué le faltaban los dos incisivos, la voz de aquel ser era demasiado cálida para ser de la costa y su lenguaje estaba  lleno de tecnicismo sobre el mar, la ensoñación, el trance, el viaje y por supuesto sobre el lugar.

Repetía las instrucciones al español, pues el viaje era en inglés. Muy sorprendido no podía dejar de maravillarme: ¿De dónde habría salido semejante personaje? 

Remató todo lo anterior diciendo que muchas veces la gente cree que lo que van a ver en ese momento es simplemente un estado catatónico o de hipnosis, lo cual nada tiene que ver. Nos explicó que caminaríamos aproximadamente tres horas hacia punta cometa y que el sendero era de vegetación, que cualquier cosa que resultará interesante, causará miedo o sintieran que estaban en peligro gritaran o hicieran una seña para que él pudiera auxiliarnos.

Al salir me le pegué y le pregunté, vaya que sabe a lo que se dedica. Me explicó que había vivido hace unos años en Estados Unidos como parte de una oportunidad difícil de rechazar, pero el clima lo obligaría regresar a su natal Acapulco. Pero aseguró. Que nada de lo que había dejado ahí le importaba. Así que su corazón aventurero lo llevó por azares del destino a Mazunte. Lugar en donde encontraría el amor y lo dejaría unos años después por un gringo. Jacinto aseguró que en la playa no hay amor que dure y por supuesto en la condición en la que el se encontraba era… muy difícil mostrar devoción solo hacia una mujer. Me dedicó una sonrisa y detuvimos el paso. Al tiempo que Jacinto contó a los asistentes, éramos dieciséis en total; vociferó: En esta parte del camino es de suma importancia que no se separen ni tampoco se desvíen… ya que es muy probable que encontremos parte de la fauna del lugar, es decir, nos encontremos con serpientes, mapaches o algún oso hormiguero. Es muy importante que sigan las pequeñas estacas que están sobre la tierra pintadas de rojo.

Jacinto pidió permiso al bosque para entrar y tiró unos cuchillazos al aire, como si tratará de romper los hilos de un regalo. Y continuamos caminando, quisé preguntar a qué se debía eso, pero la vergüenza no me permitió hacerlo. El silencio se hizo muy incómodo hasta que Jacinto habló nuevamente: ¿Es tu primera vez con los hongos? A lo que respondí si, a secas.

Jacinto muy efusivamente soltó: No es porque yo lo diga, pero se que esta experiencia no la olvidarás. Mi primera experiencia con los hongos fue en la tierra del café; aquí en Oaxaca pluma Hidalgo, un lugar en las montañas que esta lleno de vegetación. En ese lugar la gente mayor es la que hace la recolección del hongo y te acompaña en el viaje. Y aunque la mayoría de la gente visita ese lugar por el café, también hay otros que buscan experiencias más fuertes que el hongo. Ahí crece una flor que le llaman los lugareños sin foco. Haciendo referencia a qué si consumes demasiada te quedas en el viaje. Hay gente que asegura ver cosas de otras dimensiones y otros tantos que dicen recibir mensajes sobre lo que deben hacer en la vida…

El silencio nos abrazó tanto, que hasta la piel se me enchinó. Jacinto soltó una sonrisa al tiempo que decía. No te preocupes todo va a estar bien, recuerda dejarte llevar y que después de esto tendrás una sensibilidad aumentada.

Seguimos avanzando por cerca de dos horas en silencio, en dónde yo miraba en todas direcciones pensando en ver a las famosas serpientes y me encontré con bastantes iguanas. Marisol no dejaba de gritar y reírse de los gringos; todo indicaba que ella no necesitaba los hongos.

Llegamos al lugar. Una choza enorme tapada con palmeras. Desde aquél lugar podía verse toda la playa, el aire tenia un olor muy especial a sal; era  como si un aroma a limón también fuera parte de la atmósfera. Me sentí especial. Jacinto agrupó a todos y llamó a la choza con el nudillo, del cual salió una señora de la tercera edad con un plato llenó de copal al cual Jacinto le prendió fuego y nos limpió antes de entrar al lugar, pasándonos por todo el cuerpo el plato con copal.

Entramos y un banquete nos esperaba, había cuatro personas mas que estaban paradas esperando cualquier indicación. Jacinto nos comentó que debíamos comer algo porque muy seguramente no comeríamos nada, hasta el día siguiente. Recuerdo el sabor de ese pescado fresco a la talla, jamás he vuelto a comer uno igual y aquellos mariscos que los gringos devoraban cuál pelón de hospicio. Marisol no dejaba de mirarme, simulaba de cuando en cuando, mordidas, besos y lengüetazos al aire. Mientras la novia del gringo narizón trató de hacerme la plática con lo poco que sabía del español.

Reposamos un poco la comida, mientras Jacinto daba indicaciones a los cuatro jóvenes de traer el tornamesa, las mantas y unos cojines en dónde nos sentaríamos. La señora traería los hongos en una caja hecha de ramas de árbol. Jacinto comenzó la ceremonia pidiendo permiso a dios y dando unas plegarias al agua con el que lavarían  a los hongos que parecían flechas cortas. Prendió el incienso de olor a lavanda y dio de comer los hongos a los gringos primero. Dos de los jóvenes ayudaban a sentarse a los gringos, uno puso la música muy lenta y otro colocaba pequeñas cubetas a los lados de cada persona que se iba sentando.

Cuando fue mi turno recuerdo haberlo tomado y masticarlo lo más rápido posible .Su sabor era demasiado amargo, tanto que quise devolverlo, pero me obligué a no hacerlo. Y entonces comenzó la diversión…

Algo dentro de mí , cambió, me sentía observado. Pero yo miraba como los cuatro jóvenes se acercaban a Jacinto. Para cada uno tomar sus hongos. Jacinto se colocó en el centro del lugar y dijo:

“Dios, si he dado alguna vez más de lo que tengo, me han dado algunas veces más de lo que doy. Se me ha olvidado ya el lugar de donde vengo y puede que no exista el sitio a dónde voy. A las buenas costumbres temo no acostumbrarme, que hoy que vamos al infierno, no nos llueva sobre mojado…

Abre nuestra mente y en estos tiempos tan oscuros no nazcan falsos profetas, ¡qué estás golondrinas que huyen de la ciudad; encuentren el cielo que en este lugar se junta con el mar!”

Jacinto guardo silencio, engulló sus hongos y pidió que nos acercáramos a él. Realizamos un círculo y a mi me tocó al lado del gringo y Marisol. Jacinto pidió que gritáramos cada uno su nombre. Y los jóvenes iban pasando unas  hojas blancas cortadas a la mitad con nuestro nombre en plumón negro. 

Supe que ya estaba en otra dimensión cuando ví en mi hoja el nombre de James, en lugar de Jaime. La risa al ver el letrero me recordó a mis días donde la vida no me importaba; mi risa idiota contagiaría a los demás, para después dispersarnos, en cambio Marisol me buscó y cuando me tuvo de frente con una mirada provocadora, sacó de sus jeans un bilé color carmin y se pintó los labios. Muerto de la risa, ella se puso seria, colocando su dedo índice entre los labios. Me dibujó un corazón debajo del James y me dio un beso.

Se retiró y la risa se me borró. Al tiempo que giraba la cara se le veian los hoyuelos muestra de que no aguantaba más la risa y ambos soltamos la carcajada. 

El mundo estaba distorsionado; los cuatro jóvenes estaban replegados en las paredes del lugar y junto a ellos la anciana que parecía que estaba rezando, les hice unas muecas cómo se las hacía a la gente que se creía demasiado importante. Me senté a un lado de Jacinto que decía riéndose… A mis sesenta y tacos ya ves tu, sigo de calavera..

No hagas preguntas, lo que vas a ser ya lo eres. Cerró los ojos.

La novena sinfonía de Beethoven sonó primero muy bajito y a los segundos detonó al tiempo que decía Marisol: ¡Peluches! Y mordió la gran nariz del gringo hasta que la arrancó. Yo le aplaudí y la risa no la podía resistir, una pareja de los gringos se besó largamente hasta que el hombre con la papeleta marcada con George le quitó un pedazo de lengua a su acompañante. Mientras una pareja de los mexicanos le dio por devolver todo lo que comieron y regaron su vómito por la sala de estar, parecía que eso no tenía inicio ni fin, solamente el revoltijo tirado en el piso. Hice gestos de querer devolver yo también, Pero la respiración de Marisol en mi nuca me dejó paralizado. Sentí su pecho a media espalda y un pellizco en mi oreja derecha. Esto es mío mi pequeño caballero de bronce …

La besé efusivamente y pensé en quitarle la ropa, pero el instinto y el sabor a metal en la boca incitaba a probar más de ese líquido mágico y le mordí el labio hasta que le sangró.

Alguien en la habitación gritó. ¡Esa sangre debe saciar al demonio!. ¡Cortémonos los dedos! Y el gringo George se quitó el dedo pulgar con lo que parecía la navaja de Jacinto y se lo chupó cuál infante, esperando a que llegara su mamá.

Le hice señas para pedirle la navaja, pero no quería dejar perder la sangre que le brotaba. Mientras la mujer del narizón atolondrada golpeaba un cojín con mucha furia y lloraba a rabiar.

Todo ahí era bullicio y cada loco con sus manias, me tiré al suelo y la risa no me dejaba; todo daba vueltas. Vi como Marisol tomó la navaja de George y empezó a danzar por la habitación con las manos hacia arriba.

Una voz un tanto extraña me dijo: I care a lot, me recosté en su regazo y  su rostro buscó mi boca, era la mujer del narizón. Después de un rato me incorporé. Su rostro estaba difuso pero aún así la besé largamente y ella quería sacarme del lugar. Pero yo me negué y me volví a tirar en el suelo, a sentir el efecto de la cama voladora, riéndome hasta que perdí el conocimiento.

A la mañana siguiente el lugar apestaba a muerte, no se precisar si eso fue lo que me despertó o fue la voz de Jacinto que escuchaba entre murmullos. Cuando tuve conciencia de lo que mi nariz olia y de lo que escuchaba, traté de abrir los ojos sin lograrlo. Así que le dije a aquel susurro: ¡Eh, Sabina, ¿eres tú?.  A lo que Jacinto respondió: ¡abre los ojos cabrón, debemos irnos antes de que terminen por comernos a nosotros!. 

Me tallé los ojos y el sol lastimaba, cómo si fuera un murciélago que lo estaban torturando. Recuerdo haber visto a James, destripado y desnarizado.  A George sin dedos y orejas. Y justo al final en un rincón estaba llorando Marisol con lo que parecía un dedo índice en la mano.

Los otros gringos no estaban en la habitación, al igual que los ayudantes de Jacinto. Tratando de no pisar nada de lo nauseabundo que había en el piso salimos casi sin hacer ruido. Afuera estaba la señora de la tercera edad con la esposa del narizón. Al poco tiempo salió Marisol. Y nos miramos todos sin saber a ciencia cierta que hacer.

Jacinto aseguró que el no podía regresar porque tenia que buscar a los ayudantes y por supuesto limpiar toda evidencia de lo acontecido. La mujer del narizón estaba ida, su mirada estaba perdida en el mar.

Miré a Marisol, llena de sangre y con la ropa desgarrada. El rostro lo tenía golpeado; muestra de que la pelea que había tenido lugar no había sido cualquier cosa y en uno de los hoyuelos tenia un pedazo de piel.

Recuerdo haber mirado sus ojos verdes, su mirada seductora había sido cambiada por una mirada invasiva…

El sonido del timbre, me sacó del encanto del recuerdo, instintivamente me llevé la mano a la oreja derecha. Desde aquel día no puedo dejar de recorrerla con mis dedos siempre que estoy indeciso sobre hacer o no hacer algo. Así que me acerqué a la puerta y la abrí lentamente.

Y ahí estaba Marisol con una sonrisa esperando a que la dejara pasar.


Comentarios

Entradas populares