Una lección de vida
por Sarai
Olopa
Camino
sobre hojas que el viento ha tirado de los árboles, forrando el
viejo camino de piedras con sus colores cafés, al pasar sobre ellas
crujen emitiendo sonidos de tranquilidad. El día es soleado, el
cielo es azul sin nubes en su paso, se puede respirar un aire puro y
fresco.
Voy
en camino a ver a la mujer más bella que conozco, llevando en mis
brazos un hermoso ramo de flores.
Me
enamoré de ella desde hace un par de años, cuando me encontraba en
la ciudad, íbamos en la misma escuela de oficios: ella aprendía a
confeccionar ropa y yo me dedicaba a las instalaciones eléctricas.
Aún
no olvido cuando me habló por primera vez, su voz tierna me
preguntaba a dónde me dirigía, pues casualmente esperábamos el
mismo autobús. Ambos vivíamos en el pueblo. Desde entonces
llegábamos juntos a la ciudad y aguardábamos para subir al mismo
autobús. Platicábamos durante el trayecto: cada quién de su vida,
de las cosas que nos gustaban, siempre reíamos y poco a poco nos
empezamos a enamorar. A veces la iba a buscar a su casa, paseábamos
por el monte lleno de flores, sin preocuparnos de que el sol se
ocultara porque durante la noche, la luna y las luciérnagas
iluminaban el camino. ¡Nunca me había sentido tan feliz!
Mi
vida era perfecta: tenía a mi lado a la mujer más hermosa. Yo era
bueno en lo que hacía, tenía un trabajo que me satisfacía, en ese
momento creía tenerlo todo, pero la avaricia de querer tener más me
hizo cometer el error más grande mi vida.
Una
noche mientras estaba con Rosy, le pregunté qué era lo que estaba
dispuesta a hacer por mí. Ella me miró a los ojos y contestó que
me buscaría al otro lado del mundo si la dejara aquí, que
atravesaría el desierto para verme una vez más y que nadaría por
un océano entero con el fin de volver a estar a mi lado. Su amor era
tan puro que no cabía duda en mi cabeza. No supe que responderle,
solo la besé y durmió en mis brazos.
Aun
guardo esos recuerdos en mi mente, fueron de los más bellos momentos
con ella. Esa mañana al despertar, salí de la casa con una mochila,
dentro llevaba ropa, documentos importantes y mucho dinero. Me decidí
a emprender un viaje en busca de lo mejor para ella: quería darle
todo lo que me pidiera.
Visité
cada ciudad en busca de un trabajo digno, algo que tuviera una buena
remuneración, si quería casarme y tener una familia necesitaba
mucho dinero. Entonces busqué y busqué por cada ciudad algo que
supiera hacer. Cada semana le mandaba una carta a mi querida Rosy, en
la cual le contaba cómo me había ido, los lugares que visitaba, los
que visitaría y las oportunidades que se me habían escapado entre
las manos; ella me respondía que había regresado a vivir con su
madre, pero necesitaba que yo regresara pronto, ya que su estado de
salud no era favorable.
Tras
meses de búsqueda, me senté en una banca en medio de un pequeño
pueblo que parecía no tener más de 300 habitantes; ellos vivían de
sus propias cosechas tal parecía un pueblo sustentable donde la
felicidad de su gente invadía el ambiente de paz. Entonces se me
acercó un señor alto, robusto, vestido con traje de manta blanco y
un sombrero de paja. Me dijo:
-
¿Ya viste las nubes en el cielo? Son libres como las olas del mar o
como los pájaros al volar-
Yo
solo lo vi y de repente miré al cielo: tenía razón, las nubes son
libres....
Me
volvió a decir: -la
felicidad es algo que en este pueblo tenemos, no cualquiera la tiene,
verás: en las grandes ciudades luchas por satisfacer la felicidad de
los demás, pero ¿se preocupan por tu felicidad? Las personas de los
grandes edificios y enormes casas solo se ocupan de detalles que no
valen, si les preguntas si son libres, te dirán que no, están
atados a una forma rutinaria de vivir y se les nubla la vista
creyendo que la felicidad está en las cosas que compran con esos
billetes. ¿Sabes? La libertad y la felicidad van de la mano o acaso
¿se puede ser feliz estando atado a algo que no te gusta?
Después
de un silencio incómodo para mí, me preguntó -
¿Dónde has dejado a tu mujer? - Yo
no le respondí, no tenía por qué hacerlo. Enseguida me miró y me
dijo: -
Eres tan egoísta que has intentado buscar el éxito tú solo, te
olvidaste de que ella te quiere y haría todo por ti, sin embargo, tú
no supiste qué responder y creíste que quería grandes cosas,
cuando solo pedía que no te fueras -
Parecía
como si una venda se me cayera de los ojos, el hombre tenía razón,
yo no había puesto atención a lo que ella quería. Me di cuenta que
la felicidad que buscaba ya la había encontrado con ella en aquel
lugar, pero creí que teniendo más poder adquisitivo íbamos a ser
más felices, ¡que horrible forma de pensar, llevo casi 6 meses
buscando algo que ya tengo!
Mi
compañero solo me sonrió y me dijo por última vez: -
Esas son las cosas que la tranquilidad de este pueblo te hace
reflexionar. No es un pueblo mágico, pero la felicidad de los
habitantes nos obliga a pensar en qué hemos fallado al no ser
felices como ellos-
Inmediatamente
tomé aquel camino de regreso hacia mi amada. No quería perder ni un
minuto más para estar con ella. Recorrí las ciudades de regreso,
pero ahora no buscaba algo, así que demoré menos. Nuevamente en
cada ciudad le mandaba una carta y ella me respondía, podía sentir
su emoción al saber de mi regreso. Hasta que me dijo que la
tuberculosis había invadido el pueblo y que la gente se estaba
muriendo a causa de ello. Confieso que me asusté, pues no quería
que algo malo le sucediera. Y corrí más y más rápido cada día.
Ya no le mandaba una carta cada semana o cada que podía, ya lo hacía
a diario por la preocupación de saber cómo se encontraba. Pero dejé
de recibir respuesta alguna, temía que estuviera en cama agonizando.
Cuando
estaba a un par de millas de llegar al pueblo, me enteré que aquella
enfermedad mortal había invadido a la mayoría de los habitantes. Y
que por ello, las personas huían al desierto, creían que ahí la
enfermedad no los alcanzaría. Yo decidí seguir el camino para
encontrarme con Rosy, pero cada que me acercaba al pueblo se rumoraba
que ya no había algún sobreviviente, que todos habían caído en
las mortíferas garras del diablo.
Finalmente
llegué al pueblo, parecía un lugar desolado con tanta calma que
solo se escuchaba el susurrar del viento, corrí hacia nuestra casa,
pero ella ya no estaba. Busqué en las otras casas y todas estaban
deshabitadas. Hasta que encontré a una mujer anciana, que me dijo:
-
La muerte ha venido a nuestro pueblo y se ha llevado a niños,
mujeres y hombres. No ha tenido piedad de alguien -
Triste
y con lágrimas corriendo de mi rostro, le pregunté por Rosy y me
contestó que los cuerpos estaban en el camposanto enterrados bajo
las sombras de los árboles que en otoño tirarán sus flores
marchitas para adornar las tumbas.
Voy
en camino a ver a la mujer más bella que conozco y le llevo un
hermoso ramo de flores que he recogido en el camino. Cuando llegué a
su tumba, mis lágrimas limpiaron el polvo de la lápida, toqué su
nombre escrito en la piedra y coloqué las flores sobre la tierra.
Hincado le pedí perdón por haberme ido tanto tiempo, que había
cometido el peor error y que me perdonara.
Cuando
me puse de pie recordé lo que aquel hombre me dijo sobre la
felicidad, pero yo no era feliz en ese momento ¡Quizá estaba
condenado a no serlo y pagar por mi error! Me quedé reflexionando
por un largo tiempo hasta que me dije: la vida me ha dado una gran
lección que compartiré con el mundo, en cuanto sepa a dónde debo
ir.


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