La muerte en vida
Por Dana Sarahi González Trejo
Todo
comenzó en un día lluvioso y nublado. Cada gota al caer tenía la
fuerza con la que su alma enloquecida gritaba con la fuerza de su
llanto, poco a poco el sonido de la lluvia la arrulló hasta que
comenzó a soñar sin saber que el final se acercaba.
Respiró
hondo, corrió tan rápido como sus piernas lo permitían, su corazón
gritaba y su mente atormentada se estancaba. Ella sentía una dosis
de miedo correr por sus venas. Gritó con tanto horror al mirar en el
espejo su cara deformada y pálida, al no ver sus ojos, al sentir sus
cuencas vacías.
-¿Cómo
podía seguir mirando si no tenía ojos?-
se preguntaba -¡No
lo sé!-
se respondía.
Su alma
estaba quebrantada. Tenía puesto un vestido negro rasgado por sus
uñas, hiriendo su piel escamosa y frívola como los pescados,
lastimando lo material que tuvo en la vida. Sus manos tenían enormes
grilletes, tan pesados como la oscuridad que día a día la
atormentaba, sus tobillos sangraban por las espinas del asfalto y su
largo cabello cubría cada una de sus heridas. No sentía. Su cuerpo
era tan frágil, tan delgado. Tenía las uñas enormes cubiertas de
sangre.
Corrió
horrorizada lejos de ese espejo, una voz tenue pero molesta
inquietaba su alma y enloquecía sus sentidos, era su voz interior
quien la hacía un monstruo. Hasta que se situó en un ventanal donde
ese reflejo la atormentaba día tras día. Se dio cuenta que aquel
ventanal la atraía hacia él, aquel monstruo del espejo quería que
lo atravesara. Ella caminó, entró en la oscuridad y una brizna
helada hizo que sintiera la muerte escurrir en todo su cuerpo.
Llegó a un
lugar inhóspito, con llanto entre sus brazos, oscuridad y luz en
ambas manos.
-¿Cómo
era posible extinguir la luz y apresurar el llanto?, ¿Cómo era
posible ser prisionera y sentirte libre?-
se preguntaba mil veces en su mente.
Recorrió
aquel lugar, era una ciudad despiadada donde las personas la
observaban y admiraban sus grilletes, pero detestaban su corazón
latente. Admiraban sus cuencas vacías, pero odiaban que a pesar de
eso siguiera mirando. Amaban su vestido rasgado y detestaban su
cuerpo tan lastimado pero lleno de vida, delgado como cualquier dama
de revista. Les encantaba la forma en que hería a las personas con
esa delgada voz y sus uñas largas, pero odiaban la fragilidad de su
sentir.
Todos eran
monstruos en aquel lugar, cada quien desfiguraba sus defectos más
profundos que, en la vida real todos son ciegos para poderlo notar.
Al avanzar
cada vez más miró a un intruso con la boca cosida, mudo, temeroso,
sin pesados grilletes, solo con un alma que salvar. Limpió sus
lágrimas y entonces le arrancó el corazón. Cuando lo vio muerto en
aquella acera, corrió y gritó, su corazón estaba en llanto y la
locura entre sus manos.
-¡Lo
había matado... yo fui ...!-
pensaba. -Maté
su sentir... su alma-
sollozaba. Ella exterminó el hermoso defecto del ser humano,
exterminó su forma de amar. Se extinguió la luz de sus manos y fue
tragada por la oscuridad.
Entonces
despertó... despertó en el mundo real con todos los monstruos y las
máscaras que cubren sus cuerpos y almas deformadas.
Despertó
con sangre en los dedos y en su vestido, con un dolor palpable, no
entendía qué sucedía hasta que vio su corazón tendido de una de
sus venas, ¡ella misma se arrancó el corazón! su mano lo detenía
y de forma rápida el mundo se suspendió mientras volvía a aquel
lugar donde esos monstruos la comían viva, ¿qué sucedió? ¡Se
desagarró el corazón! solo le quedó una herida, pero ella ya no
sentía y desde entonces vivió muerta en vida hasta el final de sus
días.

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