Muero por sonreír






Anónimo

Justo ahora estoy sentado en esta barra de madera tan brillante, su color café se pierde tras mirar por mi bebida: un whisky con un solo hielo. El cantinero me observa medianamente intrigado porque en minutos no he tocado mi vaso y ese hielo está por desaparecer, mientras eso sucede, mi alma y mi mente parecen tan ausentes, mi cuerpo está ahí, pero yo no...
En ocasiones, como es costumbre, me pierdo en tu recuerdo volviendo a los momentos en que estabas a mi lado, al caminar por las calles me invaden nuestras memorias, así que me he mudado, ya no vivo en la ciudad, ahora resido en un pequeño pueblo con no más de mil habitantes, ellos me ven y se preguntan por mí. En ocasiones escucho a los vecinos inventar historias de lo que creen que soy, sobre lo que hice para llegar a este lugar y entonces me pregunto qué es este lugar.
No quiero relacionarme con nadie y soy un poco antipático, en ocasiones mi linda vecina me visita, es como de mi edad, bebemos té y comemos unas cuantas galletas. La gente se espanta, creen que soy un asesino serial o algo parecido y que esa linda chica un día no saldrá de las visitas. En realidad, lo único muerto aquí es mi corazón. Es impensable cómo una simple persona lo cambia todo, pasé de sonrisas a lamentos de recuerdos a pesadillas, pero eso era lo que esperaba...
Una tarde descubrí como me mentías, te escapabas con él y cuando te cuestioné, mentías más. Comenzaste a hablar de él como antes lo hacías de mí y sonreías como hace tiempo no lo hacías conmigo, esa sonrisa se me quedó muy clavada. Aquella tarde volví temprano del trabajo, te vi bajar de su auto y nuevamente mentiste, pero ya no estaba dispuesto a que me tomaras de idiota, así que tomé el pañuelo que te regalé, aquel que combinaba con tu vestido azul, de pronto una llamada de él en tu celular, contestaste y le pediste que viniera. Él llegó y tranquilamente puse el pañuelo en tu boca. Mucho ruido después se limitó a un silencio sepulcral... ¿Qué pasó? No lo sé... no escuchaba más peleas ni gritos, me marché, tomé mi orgullo, mis cosas y partí, vi una vez más sus rostros con una sonrisa, tomados de la mano sus rostros eran tan inexpresivos.
Durante el camino, a mi espalda surgió una luz cegadora y se hizo de día por un momento, tras unos minutos pasaron vehículos azules y un camión rojo, parecían algo apurados. Tras ese recuerdo vuelvo a este bar a tomar mi trago para después volver a casa donde ahora me espera esa linda vecina sonriendo por mi llegada. Ella siempre está sonriendo, incluso cuando duerme, es como si no pudiera estar triste y la amo por eso, pero tal vez la tengo que dejar, ya que en el bar hay una mesera que sonríe muy bonito.


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