Conmoción

Por Arturo Aguilar

Era un viernes cualquiera… arrastraba los pies por la calle de eucalipto. Los primeros rayos de luz se hacían presentes en los rastros de la lluvia del jueves por la noche. En la carrera entre el sueño y la sed, ganó un participante inédito hasta ese día: el vómito. Sentí el sabor agridulce en la boca acompañado de una sutil contracción del abdomen. Corrí al árbol del chicle que estaba a mitad de la cuadra, pero el esfuerzo fue en vano. Me sostuve del árbol porque ahora comenzaba el mareo, tratando de ordenar mi cabeza observé mi reflejo en un charco de agua de la acera, me sorprendí en una nueva etapa de esta vida mientras me pasaba la mano por el cabello.
Un sonido que emulaba grandeza llamó mi atención, la fuerza de aquel vehículo no era tan ajena contemplando que renegado estaba de moda; un Mustang 68 color rojo se detuvo en la acera de enfrente y detrás del vehículo, un camión de mudanza algo oxidado pero de gran tamaño. Del auto bajo un hombre imponente que corrió a abrirle la puerta a su mujer que sin duda alguna era una luminaria; portaba gafas oscuras y un vestido rojo que acentuaba su tez blanca. El hombre gritó diciendo ¡Buenos días! A lo que respondí levantando la mano derecha esbozando una sonrisa tomándome  el abdomen con la mano izquierda.
Esperé un poco más en el árbol por si quedaba algo de la cena de ayer que tuviera que ser expulsado por el exceso de todo explícitamente, cuando la sensación de estar salivando demasiado me doblo. Doña Gertrudis quien había plantado, cuidado y preservado de ese árbol tan peculiar como cada mañana salió a barrer la calle  armada con sus guantes, paliacate en la cabeza y su cubeta con la composta de cada quince días, me quitó la inspiración dándome el tiempo justo para cerrar los ojos. El concierto de gritos sobre mi madre y lo que yo era para aquella mujer llamó la atención de los nuevos vecinos acompañado de las risas no solo de ellos sino también de la gente del servicio de mudanzas.
Avergonzado caminé dos casas y entre al hogar, mi padre tomaba su café con su pan tostado con la mermelada de zarzamora que la abuela preparaba. Sin quitarle el ojo al periódico preguntó ¿Qué tal la cruda?  A lo que no respondí pues ahora la sensación de asco por la composta me llevo al filo de la taza del baño pero ya no quedaba nada. Me incorporé y me observé en el espejo, notando en mi rostro un tono azulado que combinaba a la perfección con las ojeras cual bolsa de té recién sacada del fondo de la tetera. Me di un baño y me escurrí por los pasillos de la casa hasta llegar a mi cuarto para recostarme,  el efecto de la cama voladora duro un tiempo considerable antes de caer en un sueño profundo.
Así comenzó la obsesión que me motivo a levantarme temprano y dormir poco. Recuerdo que por las mañanas practicaba yoga en su jardín y por las noches desde mi ventana con el viejo telescopio del abuelo observaba aquellas sombras desnudarse, quitándose prenda por prenda como si supiera que estaba siendo observada. En un intento por acercarme más a aquella mujer, decidí convertirme en el nuevo guardián del árbol del chicle y por supuesto doña Gertrudis había ganado un amigo. Para lo cual tengo que agregar que más allá de ser una vieja de vecindad como decían en la colonia puedo decir que prácticamente le entraba a todo: al chisme, a la venta de productos por catálogo, banquetes para fiestas, cantar en la iglesia, lloraba en los funerales y por supuesto si era requerido rezaba el novenario.

Las salidas los jueves cada vez eran menos frecuentes, ver aquella figura estirarse y contonearse en primera fila no tenía valor de cambio hasta que sucedieron otras cosas. Pasado el mes de estar con doña Gertrudis, la mujer de mis sueños al terminar su rutina de yoga se acercó lentamente a mí; me había preparado tanto para ese momento hablando por las noches mirando hacia el techo blanco y otras veces mirándome al espejo, lo cierto es que doña Gertrudis me salvo de la peor vergüenza de mi vida al salir a invitarme un vaso de agua de limón.
La mujer movió lentamente sus labios, no entendí nada de lo que dijo era como si yo fuera de otro planeta y no hablara el leguaje de las mujeres. Salí del trance cuando ella dijo su nombre: Adaline, doña Gertrudis se despidió de la mujer. Terminé de regar el árbol y me dirigí a casa para alistarme e ir a la universidad. Hasta en ese momento solo conocía su nombre, lo demás era solo  ilusión. Los días que le precedieron era más de lo mismo de ese lapso, rescato las enseñanzas de doña Gertrudis pues aprendí a hacer composta, sobre hongos y un poco de botánica. A veces los miércoles le ayudaba a podar las plantas, cortar el pasto y platicar sobre historias de su pueblo en la casa de Adaline.  El tiempo transcurrió muy rápido, ya no veía a las sombras desnudarse. El sabor del juego se había ido… ¿A dónde? No lo sé. Ahora estaba más enfocado en la escuela y en hacer algo que llenará los espacios otorgados a la ilusión más bella de ese momento. Así que recorte los horarios dedicados a doña Gertrudis; corría por las mañanas y por las noches regaba el árbol de vez en cuando.
Con el cambio de horario de verano salí más temprano de lo normal, en la segunda vuelta a la manzana vi el Mustang rojo con uno de los faros estrellado y a Adaline tomando el volante con ambas manos con su frente apoyada en él. Detuve mi ritmo y comencé a caminar, al acercarme vi la puerta del piloto llena de raspones; golpee el vidrio con los nudillos, Adaline volteo con los ojos rojos. Apenas bajo el vidrio advertí que posiblemente hasta transpiraba el alcohol, me ofrecí a llevarla las dos cuadras restantes a casa, ella simplemente movió la cabeza aceptando mientras se recorría al lugar del copiloto. Apenas encendí el auto, me tomo por el brazo y se recostó plácidamente, recuerdo esperar unos instantes observándola como descansaba. Le ayude a entrar a casa, se recostó en su cama y salí de la casa en shock. Cuando giré para ir a mi casa, doña Gertrudis salía a hacerle servicio al árbol, corrí para ayudarla pero ella me veía con incredulidad.
Los lunes para mí eran un suplicio y por lo regular hacia todo más lento de lo acostumbrado, me estiraba mientras bostezaba. Comencé a correr a un ritmo semi-lento, para la tercera vuelta aumente el ritmo, concentrado en los pensamientos platicaba con mi voz interior, cuando Adaline salió de una de las calles perpendiculares, casi me infarto. Me detuve de golpe mientras veía como se alejaba corriendo, regresé a casa todavía con el corazón latiendo fuerte. Adaline platicaba con doña Gertrudis, me acerqué para realizar mis labores con el árbol. Mientras trabajaba aquella mujer no me quitaba los ojos de encima, cuando terminó de darle unas instrucciones doña Gertrudis sobre cómo prepararse un tónico para el cabello ella soltó una pregunta ¿Mañana corremos juntos? Incrédulo la mire a los ojos color miel diciendo Claro.
Y asi fue como nuevamente entre en el camino compartiendo las mañanas corriendo, haciendo yoga y algunas veces preparando el desayuno. Adaline ahora era un guardián más del árbol del chicle enamorada de aquel fruto exótico del cual doña Gertrudis hacia paletas de hielo. En una de las tantas veces que salimos a correr me pidió que le ayudará a bajar algunas cosas, entramos en la casa y subimos al desván. Todo estaba lleno de polvo aunque no había fauna nociva, comencé bajando lo más pesado que  para cuando termine de bajar las cosas ella no estaba en la estancia, ni en la cocina, así que me dirigí  al cuarto de invitados en donde se escuchaba el sonido del agua caer, la puerta estaba entreabierta y Adaline se quitaba lentamente la ropa deportiva. Nuestras miradas se cruzaron a través del espejo, el tiempo se detuvo mientras ella se mordía el labio inferior.
El sonido de la cerradura de la puerta principal, nos sacó a ambos del shock. Era el marido que llegaba temprano, yo tome algunos objetos ligeros  y nos encontramos en la estancia. ¡Qué tal Leonel! Mirándome fijamente a los ojos me preguntó ¿Qué tal ha estado la rutina hoy? Bien respondí un poco irónico ¡Qué bien! Sabes… mantener a una mujer así no es fácil mientras me golpeaba con el puño cerrado cerca de la clavícula. Sonreí y me alejé, al día siguiente salí antes tratando de despabilar mis nervios antes de verla de nuevo di una vuelta a la manzana, regrese unos minutos antes de lo pensado, la adrenalina corría por mi cuerpo como si supiera lo que pasaría instantes después. Me estiraba frente a su casa para disimular los nervios, al cabo de un tiempo escuche que la puerta se abrió me acerque y solo salió un brazo que me tomo por el cuello de la playera sport. Adaline me tomo del rostro y me beso efusivamente, yo la tome por la cintura mientras la acercaba a mi cuerpo, entramos a la casa a tropiezos mientras nos arrancábamos la ropa, ella se detuvo un momento para mirarme con un mensaje de deseo, yo admiraba su desnudez como una presa que sabe que va a ser devorada por un ser superior, me entregue al vacío del silencio para dar paso a diferentes expresiones de amor.
Las fotografías de la casa eran cómplices de una extraña sensación del pasado, en donde el amor estaba en cautiverio y el presente era el deseo con libertad absoluta. No hubo rincón de la casa que no fuera testigo de aquellas emociones desbordadas. Ahora compartíamos más tiempo, las ausencias en lo que antes era mi vida me tenían sin cuidado y aunque el marido ya me respiraba en la nuca, nunca logró encontrarnos in-fragantí para ello cambiamos los horarios para vernos, la frecuencia combinado con nuestra estadía como huésped sin tiempo definido del hotel, dulce hotel. Para el cual teníamos que cruzar la ciudad entera, dejar nuestra vida en la recepción y olvidarnos del porvenir pues la vida solo es un momento. En una noche mientras estábamos en el mirador de una colina veíamos las luces de la ciudad esperando la hora del autocine reflexione sobre el tiempo que duraría todo lo bueno que estaba sucediendo. Terminó la película y nos dirigimos a terminar la velada, dejamos el auto estacionado a dos cuadras del Hotel, dulce hotel. Tomaba de la mano a Adeline y sonreíamos mientras besaba sus labios, giramos en la esquina sin percibir lo que iba acontecer, has escuchado eso de los lugares comunes. El azar nos atacó, el abismo tan liviano en ese momento se volvió impertinente, todas las risas se nos fueron  cuando chocamos con una pareja que se besaba en el lobby. El rostro era conocido, era el marido de Adaline con un hombre de barba de candado, ese día se nos cayó la mentira a todos, pues el hombre de la barba era el esposo de la hermana de Adeline, el marido se me lanzó una combinación de golpes que me apagó la luz.
Desperté en mi cama sin saber que sucedió, con una resaca como si hubiera bebido para morir el mismo día. Pasó una semana para que ver nuevamente Adaline en compañía de doña Gertrudis, cuando me acerqué ellas me miraron misteriosamente, de la casa de Gertrudis salió una escultural muchacha morena de ojos almendrados preguntando a la presunta tía por si sabía capar puercos. Adaline y yo  nos miramos perplejos, Doña Gertrudis aseguró que sabía hacer al momento que reía a carcajadas por nuestras miradas. A lo que agregó no se espanten, es lo mismo que castrar a un hombre. Como era de esperarse la distancia entre Adeline se hizo presente en las semanas siguientes, un día mientras regaba el árbol por la noche mientras veía a las figuras desnudarse, un extraño me entregó una nota firmada con un beso.
Hoy en el hotel, dulce hotel a las doce
Consternado cruce la ciudad  y absorto de mis pensamientos giré en la esquina emulando los últimos hechos. Mirando hacia todos lados entre y subí por las escaleras al lugar de siempre. Con las pulsaciones al mil, toqué la puerta. El silencio de los pasillos permitió escuchar  aquellos tacones acercarse,  cuando la puerta se abrió vi Adaline más bella que nunca con el vestido rojo y la mirada encendida nos besamos efusivamente para fundirnos por última vez en una sola persona.
Eran las cinco de la mañana cuando desperté  y ella ya no estaba. Salí de la habitación confundido y pensando el donde estaría, lo primero que pensé: seguro se mudó a otro barrio en donde nadie los conociera o quizás ella definitivamente dejo al marido.  Sin mucho ánimo de pensar que sería de Adeline tome el metro para después caminar unas cuadras a casa. Una vez más arrastraba los pies por la calle de eucalipto ironías de la vida todo volvía a comenzar solo que ahora se encontraba una ambulancia afuera de la casa de Adeline. Me detuve en el árbol del chicle para ver la imagen de como cuatro hombres cargaban un cuerpo, doña Gertrudis salió de su casa acompañada su sobrina para ver lo que sucedía. Tiempo después nos enteramos que el hombre que murió fue el esposo de Adeline de la cual nadie sabía dónde se encontraba ella y el Mustang rojo. El agente Nicolás García investigaba el caso con su compañero Eduardo Martínez cuestionando sobre las intenciones de su mujer.
Las estaciones del año pasaban y todas las mujeres del barrio hablaban sobre cortárselo a su marido y la reputación que ganaría la colonia bosques, incitando a respetar a las mujeres de esa región. El rumor permeo en las colonias aledañas rápidamente, mientras yo enamoraba a la sobrina de Gertrudis haciendo la pregunta ¿El fin justifica los medios? Robando besos cada vez que podía. Ya han pasado dos años de aquel incidente y ayer doña Gertrudis me entregaría un sobre amarillo con una nota.
Muchas Felicidades por haber concluido tu carrera, en mi corazón siempre.
Adaline
Firmado con un beso y en el reverso se podía leer.

El auto ha sufrido algunos cambios, ahora es tuyo.
 Lo encontrarás estoy segura

Dentro del sobre encontré dos cajas. Una contenía las llaves del Mustang y la otra una navaja suiza de gran tamaño.

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