Caleidoscopio 2: Ausencias que triunfan
(Ciudad de México, 28 de mayo de 2018).
por Rainer Gé.
Cuando un fantasma te sigue, se nota en el ambiente. Algunos comentan que es como si te absorbiera las fuerzas. Como yo de por sí nunca cargo con más de las suficientes, desde mi experiencia puedo decir sin temor a equivocarme, que su incidencia en nuestras vidas tiene el mismo orden en el universo que el de los hoyos negros, ni más ni menos. La densidad que crean en el espacio-tiempo que compartimos genera una fuerza tal que nos jala hacia otra dimensión, entonces se desdibuja el límite entre el pasado y el presente. O sea que el pasado se hace presente y nuestro presente se va pasando.
¿Alguna vez se han encontrado en un sueño con alguien que saben está muerto?
Recuerdo la sensación que me abordó cuando lo vi andando entre los que se dicen vivos, el calor en el pecho y la opresión en el estómago; en el sueño, me tomó unos segundos tranquilizarme. Él me miraba con la sonrisa cómplice de quien sabe lo que a uno le pasa, después, la calma. Intercambiar un diálogo sobre cualquier trivialidad y ponerle al tanto, no hay muchas preguntas, no son necesarias.
Despertar y hallarse desconcertado después de ese tipo de experiencias es normal, supongo. A mí me costó algunos días volverme a poner a tono con el ritmo de vida que llevaba en aquel entonces. Y cuando por fin creí estar curado de espanto me lo volví a encontrar. Imaginen el escalofrío que me recorrió cuando caí en cuenta de que en esta ocasión no estaba dormido.
Sucedió en un concierto, le vi sentado unas cuantas filas delante de la mía. Su expresión me decía que estaba disfrutando de la música y pese a lo mucho que me temblaban los brazos y las piernas, debo decir que me reconfortó verlo de ese modo. Terminando el concierto lo busqué inútilmente entre el barullo que se armó fuera de la sala.
Los siguientes días corrieron automáticamente y no pasó mucho tiempo hasta cuando me volví a encontrar con él, caminaba tranquilo a mi lado mientras yo me dirigía al trabajo. No nos dijimos una sola palabra y se fue sin más cuando llegué a la entrada del estudio.
Sus esporádicas visitas se hicieron más y más frecuentes durante los próximos meses. Me habitué fácilmente a encontrarlo sentado en parques y cafés, o andando entre el río de gentes en el metro o por el Centro, me inquietaba particularmente en fiestas o reuniones. De pronto era como si volviese a estar vivo. A mí de vez en cuando me ganaba la lástima y me acercaba a hablarle, él tan tranquilo me respondía con frases cortas, siempre fue más del tipo que escucha. Después bastaba con una mirada para que yo comprendiera que se iría de nuevo, sin embargo su ausencia no se llevaba la pesadez en la atmósfera y por lo mismo yo me resignaba a mantenerme expectante.
Sin lugar a dudas encontrármelo de ese modo me entristecía. Cuando menos me di cuenta mis días giraban otra vez en torno a su ausencia, como en aquellos tiempos en los que el pobre, medio vivo todavía, andaba con su ritmo moribundo y apenas nos veíamos.
Lo mató un relámpago que le impactó así nomás; lo enlazó con una nube a unos 2,000 metros de altura, fue durante las lluvias tempranas. Esa misma tarde habíamos compartido un mate y un pastel de zanahoria mientras él me contaba, emocionado, las desventuras de un viaje que había hecho recién; me tomó cuatro segundos enterarme de lo que había pasado, fue hasta que el sonido del trueno me sacudió cuando supe que estaba muerto.
Después de un tiempo, cuando empecé a notar que sus eventuales visitas no me venían del todo bien, llegó un buen día en el que su no-presencia (es decir, su estar fantasmagórico) me fastidió francamente e hice de todo para ahuyentarlo. Por ejemplo, retomé las rodadas con la bicicleta y renuncié a tomar el mate, intuyo que ese olor le invocaba peculiarmente. Entre tantas cosas me acostumbré a largas caminatas durante las tormentas cuando me percaté de que éstas lo mantenían alejado.
Así llegó el momento en el que por fin nos despedimos… o al menos supongo que eso fue lo que nos pasó cuando en uno de esos días, en los que Tláloc se manifiesta plenamente sobre la Ciudad de México, me quedé aturdido ante la imagen de un plasma incandescente abriéndose paso entre las nubes para extraviarse en su figura zigzagueante y dejando como última muestra el estruendo inconfundible de un cadáver diciendo adiós.
En pleno siglo XXI todavía no existe un consenso entre la comunidad científica sobre lo que provoca los rayos y se estima que la probabilidad de que uno te golpee es de una en tres millones ¡cosa bárbara! Sabiendo además que no existen dos rayos iguales, el chance de que te alcancen dos de éstos se expresa a través de una cifra ridícula: una en nueve bi-llo-nes.
Asimismo, encuentro curioso el típico engaño que nos juega nuestra lenta observación. El evento de un rayo corre a tal velocidad que nuestra percepción hace uso del sentido común para decirnos que ‘los rayos caen’, sin embargo no siempre resulta así. Muchos de ellos ni siquiera tocan la tierra, juegan entre las nubes; otros tantos ascienden, es decir que los procesos de ionización de la atmósfera les hacen correr de abajo hacia arriba.
Todavía hoy me pregunto si a mí fantasma lo trajo un rayo y se lo llevó otro con la misma suerte, o si el primer rayo lo elevó para que el segundo lo mantuviera conmigo acá en la tierra.

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