Estatuas de Sal

por Arturo Aguilar

Era una tarde encapotada de Julio que sería pronosticada por algún míster con un sesenta por ciento de probabilidad de lluvia.  Y aunque salí armado con una sombrilla, el fenómeno meteorológico hizo de las suyas con la ayuda del viento al quitarme la sombrilla dos cuadras más adelante, que sin dudarlo y sin discriminar a nada de lo que tenía a su paso, pensó que el ramen era la mejor opción. El viento nos dio una sacudida y meneada al estilo del cucharón a todos los objetos  presentes, pues el carrito sandwichero de doña Lupe se encontraba boca arriba. Los comensales acostados y los transeúntes agarrándonos de donde podíamos. Pero aún faltaba lo mejor: el mini tornado que se formaría en el eje central, vendría a sazonarnos a todos con el lodo cual si fuera salsa Ponzu. El pequeño hijo del viento se estrellaría contra un gran árbol antes de encontrarse con el supermercado del pelícano. La escena terminaría con un gran trueno y con ello el fuego en un árbol cercano. Sin saber si tomar el camión, el metro o un taxi me decidí por el trolebús que no discriminaba. Un poco cocido me baje en la Avenida Instituto, que en estas fechas se convertía  en toda una aventura acuática por su gran drenaje; que entre botellas de refresco de cola, bolsas de papitas y alguno que otro roedor nadador. Llegaría a una cafetería que no acostumbraba visitar, por mi fidelidad a la finca veracruzana. Al ingresar me pidieron que echara a mi mascota y que solo había lugar en las mesas al aire libre. Con mi cara de incredulidad, quise comerme vivo al capitán de meseros que únicamente señalaba el maletín, al girar el rostro irritado vi a un pequeño roedor montado como vaquero que al caer el maletín se escabulló entre las personas para dejarse llevar por las aguas negras.
Con el olor fétido y  los rastros del lodo en la solapa, pedí  un croissant con café. Mientras esperaba, el mesero me ofreció un periódico extranjero, el cual sin mucha gracia tome. Mientras hojeaba desganadamente, al cruzar la hoja de literatura. Vi a una chica con los labios color menta el pelo recogido en coleta y pijama medica azul marino. La chica leía un libro de Javier Marías, azarosamente pasaba las páginas, algo en ella llamó mi atención. La alarma en su teléfono la saco del encantamiento y a mí el olor del café. Sin quitarle un ojo de encima la seguí, se despidió del mesero efusivamente y le entregó el libro. Para irse sin pagar.
El mesero dubitativo se quedó como estatua de marfil parado frente a mí unos segundos y como una sombra se fue a oler el libro en la mesa en donde estaba aquella chica. Sin prestarle mayor atención devoré el Croissant y pedí un café más para llevar. El aire frio lo sentía en mis pómulos, lo respiraba con dificultad mientras el café agonizaba, afortunadamente me encontraba a diez minutos de casa. Al ingresar me quité la ropa y tiré los zapatos a la basura después de ver el color de mis tobillos. Me di una ducha y dormí como un bebé, hasta que se apareció el fantasma de unos años atrás: un dinosaurio morado que siempre me incitaba a orinar mientras dormía. Desperté sin mucho ánimo de contradecir a aquella figura prehistórica, con una frialdad en los huesos que advertían que ya no tenía veinticinco. Volví a la cama pero ahora el sueño era sobre la cafetería y ahora el papel del mesero lo ejecutaba yo, mientras que la chica se comía a besos a aquel tipo sin rostro con el saco lodoso. Un suspiro trémulo me despertó de aquel sueño extraño con la frase “siete días para morir, siete días para vivir”.
El sueño se repitió las siguientes dos semanas, hasta que nuevamente preso de la curiosidad me dirigí al café  y pedí la misma mesa. El mesero había cambiado, pero la chica ahí estaba con su libro abierto sobre la mesa, la vista postrada en él y los labios, ahora purpura, demostraban un ademan de ansiedad. Sin desviar la mirada intente ver el nombre del libro, mientras pedía el café. El mesero dijo -Bertha Isla- Perplejo lo vi a los ojos diciendo -¿Qué?- El libro señor mientras señalaba a la chica que ahora me miraba escudriñándome profundamente con una sonrisa inquietante. La chica se levantó de su lugar en búsqueda de la puerta de salida, en la cual se encontraría con el nuevo mesero. Amagando con un beso en los labios giro el rostro hacia mi lugar y se fue. El mesero con el rostro ruborizado colocaba el café sobre la mesa mientras decía – Un día de estos me va a dejar en coma; ¿Le ofrezco un aperitivo? es por parte de la casa-. Pensativo recorrí el camino a casa y sin llegar a ninguna conclusión coherente, me fui a dormir con la idea de encontrármela en un sueño. Pero los esfuerzos fueron en vano la chica se había esfumado, el dinosaurio un visitante frecuente y el misterio se posicionó en mi mente a tal punto que siempre que llegaba algún lugar veía su rostro entre la multitud.
Hasta que en una oscura noche después de la lluvia retornaba a casa. Hacia bastante tiempo que no visitaba el café por salud mental, mis pensamientos invocaron a la chica. Se encontraba a la entrada del lugar despidiéndose afanosamente de un hombre bien parecido. La chica le dio un leve mordisco que desato un flujo de sangre en su labio inferior del hombre. Haciéndole señas iniciaron el viaje a pie, los seguí de cerca entre las calles escurriéndome para no ser visto por ellos pero ambos parecían hechizados. Al cabo de unas horas nos encontramos en un campo santo bastante lejos del café, el tiempo corría deprisa pues mis pies ni si quiera sentían cansancio. Las puertas del lugar para el descanso eterno se abrieron de par en par. Del lugar salió un leve vaho putrefacto acompañado de unas casi inaudibles risas, convencido del ritual que iba a presenciar entre por la barda más cercana y de sentón caí en una montaña de huesos a la orilla del camino. Pisando los montículos de tierra y lápidas me encontré con unos profanadores de tumbas pero ellos ni se inmutaron. La luna como un ojo resplandeciente estaba observando fijamente el rito. La mujer ahora ayudaba al hombre a desprenderse de la ropa lentamente, dejando un rastro que yo seguiría. Las risas estaban más cerca y parecían provenir de la tierra, el lugar a donde se dirigían. Un viejo mausoleo situado en un rincón del panteón. Cerca un viejo pirul a la izquierda llamó mi atención, corrí al árbol y ahí me encontraba en primera fila. Al entrar a la tierra la chica fue vitoreada por las voces y algunos gusanos saltaron a su brazo, mientras que algunos rastros de su piel caían a la luz de la luna junto con su cuero cabelludo. Aquel ser de ultratumba se puso detrás del hombre al cual primero la mujer beso largamente, para después escupir la lengua del sujeto, algo parecía contener al hombre pues por más que gritaba, no salió corriendo. La mujer colocó su mano en forma de tajo para introducirla  en el pecho y de esa forma extraer el corazón. Cuando este se encontró fuera de la caja torácica el cuerpo cayó como un costal de huesos, los gusanos se abalanzaron, unos al cuerpo y otros tantos al corazón negro a la luz de blanca que sería devorado cual manzana roja. Los efluvios del líquido mágico llenaban el lugar de regocijo, gritando por la victoria obtenida, la mujer alentaba a los asistentes hasta que su mirada se postro en mí, con su rostro desfigurado me dedico una sonrisa roja.
A la mañana siguiente en cuidador del panteón, un señor de edad avanzada me aventaba unas piedritas para despertarme hasta que por fin acertó. -¡Bájese de ahí señor, no ve que espanta a los visitantes!- Desconcertado lo primero que hice fue voltear al mausoleo, en el fondo se veía un crucifico mal acomodado y a sus pies unos restos blanquecinos. Miraba al suelo y al señor, la sensación del vértigo me impulso a aventarme y caer nuevamente de sentón. Trate de pedir disculpas a aquel señor pero la hiel proveniente de un lugar escabroso, me dobló de inmediato. Al caminar a la salida y girar la mirada al fondo; sentí que algo mío se quedó atrapado ahí. El cuidador del panteón me obsequió un ramo de pirul y me advirtió que no era bueno dormir en el panteón, de la misma forma me pidió que dejara mis zapatos y me dio unas sandalias de madera. -¡Cuídese joven!- Me dijo levantando su mano derecha.
Doscientos sábados pasaron, la cafetería seguía funcionando como de costumbre. Visité el lugar tres ocasiones más tratando de encontrar a la chica o a los meseros pero ninguno regreso. Quise reanudar mi vida circundante, pero algo dentro se estaba pudriendo lentamente. Como una llaga, envenenada. Los sueños del dinosaurio regresaron solo que ahora decía y si hacemos juntos del dos, mientras se reía. Tratando de dar un cambio a mi vida me mude a vivir al edificio Chihuahua, pero en mi primera noche soñé que me enterraba a mí, a un lado del mausoleo; mientras que los gusanos me alentaban -¡más rápido, más rápido que se despierta!-  Sudoroso desperté y salí a caminar y mientras el semáforo cambiaba del rojo al verde me di cuenta que ya habían trascurrido al menos 5 años de aquel suceso. Como cada viernes visitaba la finca santa Veracruz, que con su música bohemia cada atardecer me sentaba alejado a leer poesía. Buscando reavivar aquellas fibras apagadas, sentí una mirada conocida pero no me atreví a mirar. Tome un sorbo del café oscuro y lo puse sobre la mesa, una voz dijo – El tiempo ya no va a pasar, nuestras almas están desgastadas- Una mano delgada tomo la taza y sorbió lentamente, subí la miraba y me perdí en esa mirada trémula y profunda que al cabo de un rato me regalaría uno de mis últimos guiños.

Comentarios

  1. Pocas veces he leído algo que llame mucho mi atención y esta historia es una de ellas, que manera de dejar a los lectores en suspenso 😲

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