El escritor fantasma por Tristan Valdivia



El escritor fantasma.

Venía uno más, otro maldito día, se decía así mismo el escritor. Acostado boca arriba mirando el techo del cuarto mientras tenía el radio encendido. Era una estación nueva, reciente, que la mayor parte de su contenido era música, pero a diferencia de las demás estaciones, esta música era rara, rara como el escritor y no era la conclusión a la que había llegado él mismo, sino gente cercana que de alguna u otra manera tenía contacto con él: amigos, conocidos, familia. Aún era oscuro afuera, eran las 03:30, hora en que regularmente se despertaba, hubiera o no consumido alcohol un día antes o alguna droga que le ayudaba a controlar a “la bestia” ese ente silencioso cuya presencia permanente e indefinida, tenía su estancia en aquél apartamento. Se levantó, fue al baño y tosió de la forma que los individuos consumidos por el tabaco suelen hacerlo, pero la realidad es que en su vida había sido adicto al cigarro, salvo en la preparatoria, etapa donde los adolescentes buscan eso que llaman identidad; al no encontrarle sentido al fumar aire tóxico en centígrados brutalmente elevados, terminó por dejarlo. Sólo tenía ciertos vicios controlados que no podía y ni quería dejar.
Se paró frente al espejo del lavabo y miró a una especie de muerto viviente que sólo pensaba en el día que llegara su momento de partir. La barba se asomaba en su rostro, los ojos rojos reflejaban que desde hace unos años ya no podía dormir, caminar y ser el mismo de siempre. Terminó de lavarse los dientes y se dirigió a la cocina, para esta acción no estaba solo, Athos, su amigo canino observaba su caminar, vertió agua en un pocillo de peltre y puso a calentar agua; mientras hervía abrió la puerta del refrigerador esperando encontrar algo diferente a los días pasados sin tener éxito, sólo encontró una bolsa con limones, un envase de mostaza vacío, un envase de cerveza a mitad de su lleno y una jarra con agua fría.
- Genial, dijo el escritor en tono irónico.
Asimilando su realidad, se irguió y cerró la puerta del refrigerador, Athos lo observaba sentado desde la entrada de la cocina intentando descifrar las acciones de aquel individuo frente a él. Volteó a verlo preguntándole como si el canino tuviera voz y palabras para responderle.
- ¿Tienes hambre?, son las tres de la mañana, vete a acostar.
El compañero dio media vuelta y se dirigió al cuarto. En eso escuchó un ruido, era el líquido hirviente cayendo a la flama de la estufa, el agua estaba lista. Cerró la llave y tomó un trapo para servirse en una taza.
- ¡Maldita sea!, exclamó; se quemó la mano.
Terminó de prepararse su café y se quedó unos minutos pensado acerca de todo, del sentido de escribir, de continuar haciéndolo, de terminar las columnas e historias pendientes y pasándose la mano por el rostro varias veces, optó por ponerle un puño de croquetas a su compañero canino para terminar sentado en uno de los sillones que se encontraban en la sala; la taza la dejó sobre una mesita que tenía frente a éstos, estiró el cuerpo y se retorció como hace un tiempo no lo hacía, tardó más en hacerlo que en quedarse dormido.
De niño tenía una especie de mitad sueño y mitad vivencia muy recurrente; en casa de su madre, en el cuarto donde dormía, había una cortina muy larga que casi daba con su cabeza  estando acostado, había de varios modelos y colores pero recordaba uno en específico: eran de color beige fuerte, impresas con hojas lanceoladas, todas en color entre vino y guinda. Un juego extraño entre este tipo de hojas se escenificaba frente a los ojos del escritor: la mediática y extraña imagen del triángulo amoroso, la hoja villana que no dejaba soltar a la hoja enamorada mientras que la hoja restante buscaba la forma de liberar de la prisión a su amada. En su sueño, permanecía esa escena de ver ondeándose las cortinas iluminadas por una luz exterior, a veces alumbrada por la lámpara del vecino y otras más por la luz de la luna. Parecía que había transcurrido mucho desde aquel sueño, y a pesar de tantos años aún permanecía tan vigente como si hubiera sucedido hace un par de días. El escritor despertó rápidamente, como si le faltara aliento y queriendo jalar aire abrió los ojos.
- Tantos años y sigo soñando lo mismo, no entiendo, se dijo así mismo.
Miró el reloj y eran las 05:30, hora de sacar a Athos a que se desestresara. Regresaron y el café ya estaba frío y las ideas para escribir eran nubladas. Volvió a calentar el café y para esto ya se asomaban los primeros colores de luz del día. Dicen que algunos escritores se potencializan para las letras por las mañanas, otros por las noches, unos más dependiendo del estado de ánimo o cuando hay voluntad o tiempo, sólo ellos saben cómo funcionan. En el caso del escritor de esta historia, ni siquiera él sabía cómo funcionaba, sólo tenía la certeza de que escribir era una de las formas efectivas para liberarse y controlar a “la bestia” pero ésta casi nunca lo dejaba producir.
Prendió su lap y abrió su buzón electrónico, había al menos 7 correos sin leer; pero le faltaba algo: su pluma y su cuaderno, el escritor tenía un raro gusto por las libretas, un gusto tan raro que prefería no usarlas para que no perdieran su figura, su olor y mucho menos que sus hojas se maltrataran, sólo usaba un cuaderno viejo que prefería terminarse hoja por hoja hasta pensar en dónde continuaría escribiendo. Empezó a leer los mensajes, dos de ellos eran Amazon acerca de las ofertas con descuento de temporada; otros dos sobre Galaxy bikes y Tiendas Garozzo, a raíz de que “la bestia” había ganado terreno el escritor había dejado de lado el mundo del ciclismo, el Impala (nombre que le dio a la bicicleta de montaña, ya necesitaba ajustes y refacciones nuevas pero ésa bestia lo paralizó todo…); otros dos correos eran acerca de las promociones que había en Gandhi y en Colofón, el escritor no tenía cabeza para ver más libros de los que podía leer en ese momento, la gente cree que tomar un libro y recorrer sus páginas es algo relativamente fácil pero no lo es, al menos no para mí, se dijo el escritor. Y por último un correo donde el diario El Tattler le escribía y recordaba dos cosas: un nombre y la columna de la semana de la cual él era el titular.
- Ese Will jodiendo de nuevo; no me explico por qué le dije que sí, se decía el escritor.
Tardó más en terminarlo de decir cuando el teléfono sonó, era la secretaria de Will.
- Hola, buenos días, soy Emma de nuevo, ¡molestándote!
- Hola Emma, buenos días, no te preocupes, sé que no lo haces intencionalmente viene de parte de ya sabemos quién, le respondió el escritor.
- Así es, me pidió recordarte lo de la columna y también que si le mandabas por correo electrónico lo de las historias que le mencionaste; las revisará y las pasará para el visto bueno al área de redacción y edición.
- En cuanto las termine se las haré llegar, te pondré con copia para ti para que no diga que no las envié, espero no te moleste.
- Para nada, sabes que en lo que pueda apoyar te lo digo y hago saber.
- Te lo agradezco mucho Emma.
Después de la conversación vía telefónica, el escritor se levantó del sillón junto con la lap y se dirigió a la mesa del comedor, a veces le gustaba sentarse en esa área para despejarse y trabajar ahí ya que la luz y a veces el sol entraban por la ventana que estaba cerca de la mesa; otras veces le gustaba de donde se levantó, pero él sabía que de permanecer en el sillón se quedaría dormido como las nueve noches anteriores. Abrió una hoja en blanco de la computadora y rebuscó los textos del cuaderno, fue hacia su biblioteca musical y puso el modo aleatorio, no importaba el orden de las canciones, lo que necesitaba era que sonara lo debido para poder enfocar.
Mientras decidía los archivos que le enviaría a Will, el escritor se dedicó a terminar uno de los textos pendientes que tenía mientras de fondo sonaba The Cure, Perfect Circle, Artic Monkeys, Manu Chao, Los Tres, Soda Stereo, Radiohead, The Skatalites, Daft Punk, Los Straitjackets, la droga de audio empezaba a surtir su efecto…
El escritor de dirigió a la cocina de nuevo, preparó más café y lo sirvió en su termo, le cabía bastante y así no tendría que levantare repetidamente y continuó intentando lo que según él le salía bien: escribir. Al paso de unas horas y de las canciones terminó aquél pendiente literario que había dejado hace mucho tiempo atrás, lo releyó varias veces esperando no verle errores; en eso le dio un trago largo al termo, el café aún continuaba caliente, descolgó el teléfono y marcó:
- Emma, soy yo de nuevo, ¿ya llegó Will?
- Hola; si, tiene un par de horas que está aquí, anda tranquilo a pesar de la presión que tiene de los de arriba.
- Entiendo, ¿me lo puedes comunicar?, no llevará más de diez minutos.
- Claro, dame un segundo.
- Gracias.
El teléfono quedó unos segundos en silencio y se escuchó del otro lado de la bocina un ruido.
- ¿Los tienes?
- Sí, respondió el escritor.
- Mándamelos. ¿Cuántas historias son?, ¿siempre cómo se llamará la columna?
- Haces muchas preguntas Will, sabes que esto se me dificulta, no me jodas. Replicó el escritor.
- Te he esperado por mucha maldita sea, ya me habían dicho que lo haces bien, sólo envíalos.
- Son tres historias y la columna déjala como ya te había dicho antes, respondió el escritor.
- ¿Es en serio, no quieres que tu nombre aparezca en la columna y te reconozcan?, ¿y en tus historias?
- No Will, sólo quiero liberarme de esto, de lo que ya sabes; en las historias me mantengo en lo mismo.
- Está bien, dijo Will, no te voy a insistir y espero que esto te sirva de algo; estaremos en contacto para las publicaciones de las historias, te irá bien.
- Como sea, cuídate Will.
- Date un baño y sal, te hará bien.
Después de la última línea de conversación, el escritor colgó y miró por la venta a dos niños jugando; la niñez estaba de vacaciones y se apoderaba de las calles desde temprano pateando un balón, eso lo hacía con la vieja guardia, hablaba en voz alta mientras le daba otro trago al termo, aún le quedaban pendientes por hacer: leer los libros inconclusos mientras Athos se entretenía con una pelota para perros, dura como el plástico más duro y blanda como la nobleza que tienen esos compañeros de vida que nunca se apartan de tu lado.
Al paso de unas semanas de hacer lo mismo de siempre y de por fin poder retomar la bicicleta a pesar de los climas adversos, el escritor se tomó el tiempo de destapar y degustar una cerveza sentado sobre el sillón y escuchar el silencio que envolvía la estancia, pensó que después de bastante había podido controlar a la bestia, eran las 23:45 y todo estaba sereno, salvo por el ruido adormecedor de los grillos que acompañaban a la noche. Cuando despertó de aquella relajación miró el reloj y marcaban las 03:27, aún faltaba para que la luz del día se hiciera presente, se levantó y se dirigió al cuarto junto con Athos para poder intentar retomar el sueño y dormir mientras amanecía.
Eran las 07:32 y el escritor ya escuchaba las noticias por el radio mientras miraba al techo como todos los días anteriores y los que estaban por venir, hizo sus labore personales y las que su compañero canino requerían y cuando miró de nuevo el reloj marcaba las 11:45, en eso sonó el teléfono, era Will, el escritor había olvidado lo que le había enviado:
- Era cierto lo que me había dicho Emma, a los de arriba les gustaron tus historias, pero el nombre de tu columna no les agradó del todo, piensan que tu ego es más grande que tu pluma y tus ideas, explicó Will.
- No me interesa lo que piensen, sabes bien que no quiero reflectores y mucho menos que la gente sepa quién es el que escribe.
- Entiendo, pero si decides cambiar de opinión ya sabes qué hacer.
- Te recuerdo que hago esto para ayudarme no por otra cosa y te agradezco que me hagas saber que lo hecho les agradó, cuídate Will, respondió el escritor.
- Entiendo, cuando salgan publicados te los haré llegar; tú también cuídate dijo Will.
Volvieron a cortar comunicación por un buen tiempo en lo que las cosas se reponían después de la batalla perdida contra la bestia, mientras que Athos permanecía a su lado en señal de lealtad y apoyo; ese tipo de amistades ya no las encuentras hoy en día, se dijo en sus adentros el escritor.  Transcurrían las semanas acompañadas de actividades rutinarias de siempre y al parpadeo del tiempo pasó un mes y el escritor recibió un paquete, envuelto en papel manila amarillo, el sello postal provenía de El Tattler, era de parte de Will, adentro venían unos diarios de semanas atrasadas, se dedicó a revisar dos partes específicas: la columna de opinión, espacio libre para para aquellos que quieran expresarse sobre algún tema relevante sin importar su experticia; y la historia del día, otra área donde el público en general podía enviar lo que ellos la historia, cuento o lo que escriban sin importar la prosa o narrativa.
El escritor sabía que había terminado lo que había empezado; en la columna había emitido su opinión acerca de varios temas, entre ellos el ahora debate sobre los libros digitales y los libros en físico y cada uno el costo-beneficio que traían consigo, el calentamiento global y la caza furtiva, mientras que las historias que le envió a Will fueron: mi amigo, el viajero y encrucijada, todos los textos bajo opinión y autoría de El Escritor Fantasma.

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