El clavel azul
por Arturo Aguilar
Era un día soleado de verano, han pasado ya dos meses desde el accidente y lo único que podía recordar cuando alguien preguntaba al respecto era esa voz lejana diciendo –Llámame un día– con el semáforo en rojo y la sangre brotando.
Es cierto que me he perdido de algunas fiestas y que en hora buena estoy de descanso en el trabajo. Pero para ser sincera esta vida pegada a la silla de ruedas vista desde la ventana, no se compara en nada al panorama de la vida salvaje en la televisión, ni a los reportajes en los noticieros, ni mucho menos a esos programas amarillistas que versan sobre infidelidades y chismes; que si bien no son lo mismo, si surgen del mismo modo que las mentiras.
Razón por la cual prefiero observar la vida desde mi cuarto en la planta alta; armada con papel y pluma describo los sucesos que me parecen interesantes sobre los transeúntes: corriendo de un lado a otro para llegar a tiempo a su trabajo, acompañando a los pequeños a la hora de ir a la escuela y algunas que otras amas de casa haciendo compras en el supermercado. Lo de hoy son las compras en internet para no perder un pestañeo que nos aleje de esta vida virtual.
Regularmente a las doce descanso la mirada y la pluma, para disfrutar de un pequeño desayuno que me permita aclarar la mente y acomodar esas ideas sobre las posibles historias que emergen de cada persona observada. Un poco más tarde como a eso de las tres, cuatro de la tarde mi mamá trata de tener lista la comida con la promesa de que papá llegué como siempre puntual para acompañarnos y deleitarnos con sus historias sobre: el trabajo, la familia, la fiesta próxima o los lugares turísticos que le llaman la atención para desahogarnos de la locura de la ciudad y tomar las vacaciones el siguiente octubre cuando la actividad turística baja y el espacio es prácticamente solo para nosotros.
Después de la sobremesa mi madre lava los platos, mi padre toma su libro en curso La dalia negra, mientras que yo me revuelvo haciendo malabares en las escaleras para subir nuevamente a mí cuarto. En el espacio de tiempo entre las cinco y seis treinta tomó una pequeña siesta, ya que no existe nada relevante en las aceras. Aunque he de mencionar que en los últimos días las contiendas futboleras han subido de nivel desde que mi padre y algunos vecinos se han unido a los jóvenes para ponerle sazón a ese juego que me parecía tan inútil. Todos corriendo detrás del balón, ¿qué tonto, no?
Las tradicionales retas terminan con los últimos rayos del sol dando paso a la luna y su hechizo que para algunos es inspiración, para otros busca ser reparador y no siempre pero en algunas ocasiones es instintivamente pasional. A las nueve mis padres beben café al más puro estilo del tradicional agua de calcetín a veces los acompaño y otras veces me quedo en el cuarto para leer un poco de La casa de los espíritus acompañando la lectura por una infusión de frutas. Para eso de las diez mi casa pierde fuerza, el silencio se apodera de ella y se deja arrullar por el canto de los grillos.
Es entonces cuando pongo a Morrisey desde mi IPod, que con un volumen moderado comienza el concierto ante un cielo estrellado con there is a ligth that never goes out. Me vuelvo acercar a la ventana para ver a la chica del veintitrés comerse a besos con un chico diferente cada tercer día, irónicamente los chicos regresan a sus casas al cuarto para las doce al ver pasar a Moisés corriendo a trote constante, en esta ocasión se ha detenido frente al veintiséis. Mirando hacia todas direcciones va caminando hacia la cochera de la casa y justo antes de que la puerta se abriera, volteo hacia mi ventana para colocarse el índice entre los labios y meterse apresuradamente. La chica del veintitrés ahora se encuentra en su habitación con el cigarro entre los labios y el teléfono del lado izquierdo, salió al balcón para dedicarle unos cuantos coqueteos a la luna mientras hablaba afanosamente al teléfono.
La luz del veintiséis se había encendido, la mujer de cabello azabache guiaba a Moisés mientras forcejeaba con su playera blanca con mangas negras a tres cuartos. Finalmente logró sacársela e instintivamente Moisés desprendió de la blusa aquella mujer que se le lanzaría al cuerpo delgado, y sin desearlo lo tumbo. Pasaron unos segundos, antes de que Moisés pudiera incorporarse cargando a la corpulenta mujer que lo abrazaba con las piernas y de un movimiento la arrojaría a la cama. La mujer le lanzaría el sostén y Moisés al más puro estilo de media verónica cual torero en la México saco toda la inspiración esquivando el embate y preparándose para estocada final. La luz en la habitación se apagó. La chica terminó el cigarrillo y entró de nuevo a su habitación.
El reflejo de la luna iluminaba la casa con el número veinticinco, que se encontraba a un costado de la puerta de roble con un vidrio inscrito en el centro en forma de estrella. Curiosamente los propietarios siempre abandonan el domicilio antes del verano, esta historia dio inicio hace unos diez años atrás cuando se abrió el fraccionamiento y desde entonces la casa ha sufrido muchas modificaciones: de ser una casa de dos plantas, ahora es de tres. Con un jardín exuberante en el que se pueden ver las hojas elegantes, las rosas, los jazmines, los helechos y los distintos colores de los tulipanes que rodean a una pequeña fuente en forma de delfín que fue colocada minuciosamente para dispensar pequeñas cantidades de agua por todo el césped. En la parte trasera el tercer dueño había mandado hacer una pequeña alberca con forma de godete, el fondo se encontraba ataviado con pequeñas manchas hechas por mosaicos con los colores primarios. Se dice que desde que aquél hombre flaco con vestimenta monocromática en gris, portador de gorra kangol llegó a vivir al veinticinco, trajo consigo la desgracia y como muestra pintaría un mural enfrente de la alberca en tonos náuticos en el que se podía ver a unos pequeños albatros tratando de escapar del huracán humano que describía la belleza etérea del sexo femenino.
Aquél pintor terminaría su obra y se iría para jamás regresar. Muchas personas conocedoras de arte han venido a visitar la casa desde entonces, otros tantos capturan la belleza del rostro con su celular, para colocarlo en su cuenta de Facebook. Pero al final los únicos que seguimos dentro de la órbita somos los mismos vecinos y dentro de todo el argot la vecina del veinticuatro que es religiosa asegura que se escuchan movimientos raros dentro de la casa, mientras que la señora del veintiséis asegura que ha visto a los jóvenes fumar porros en búsqueda de inspiración. Lo único cierto es que la arrendadora cada vez pide menos dinero por la vivienda siendo que cada dueño ha puesto su granito en la búsqueda de la casa perfecta que no encuentra un dueño normal.
La lista de reproducción había llegado a su fin y con ello la salida improvisada de Moisés por el balcón, con una bendición de la mujer tomo un respiro para saltar y cayó exitosamente de pie sobre el césped. Volteo la mirada al balcón pero la luz ya estaba prendida, así que salió corriendo dejando atrás la casa. Sin darme cuenta el reloj ya marcaba la una de la mañana, era momento de ir a descansar.
La madrugada me ha entregado una historia a cambio de unas horas de sueño y una pesadez que me mantiene aún tirada en la cama. Son las nueve de la mañana y mi madre ha subido corriendo para preguntar si estoy lista. – ¡Lo había olvidado por completo, la cita en ortopedia! – como pude me levanté y tome un baño torero. Dado el poco tiempo con el que contábamos, mamá me ha sacado todos los vestidos que tengo en el armario. El primero que intente ponerme se quedó a la mitad, el exceso de agua no permitía deslizarse a la tela sobre los pliegues de mi piel; cómo ha podido mi madre entre jalones y estirones me lo quitó. El segundo ni si quiera me entró, el pánico se apodero de mí, no podía dejar de mirarme en el espejo, – ¡¿Que me ha sucedido en este mes?! –. Mi madre le ha regalado un suspiro al reloj y me miró con impaciencia. Nuestros ojos se encontraron en el espejo y tome sin pensarlo un vestido blanco con detalles aflorados en amarillo, aguantando la respiración levanté las manos y cerré los ojos. Sentí como la tela se pegaba perfectamente a mi figura. Noté la fiesta que era mi cabello, pero no tenía tiempo para arreglarlo, me coloque un poco de carmín en los labios y me pase los dedos en el cabello intentando arreglarlo un poco. Con mucho cuidado he bajado las escaleras, mamá ya tenía todo listo. Me esperaba parada en el arco de la puerta.
He subido al auto y de inmediato se puso en marcha al hospital de especialidades. El camino ha sido rápido, el transito ha estado en otra parte. Llegamos una media hora antes de lo acordado. Mi madre me miraba de una forma distinta, como si algo no estuviera en su lugar. Antes de que pudiera preguntarle cualquier cosa, me ha acariciado el rostro con ternura, diciéndome –Todo está bien – cerró el gesto con una sonrisa. Una mano en mi hombro nos sobresaltó a ambas, era el médico que nos acompañaría a rayos x, para después darnos el diagnóstico.
El resultado no era muy alentador, posiblemente no volviera caminar de manera normal. Por las antiguas lesiones ocasionadas al tobillo recordé: el salto mal dado en mis épocas de tocho bandera, la vez que me atoró el pie al bajar del metrobús, el uso excesivo de tacones cuando el médico los negó rotundamente. En cierta forma lo entendía y estaba dispuesta a pagar los platos rotos por mi orgullo. El regreso a casa lo lleno completamente el tercer pasajero: el silencio; un invitado común en casa cuando se hablaba de inconsistencias y problemas.
Esperábamos en el semáforo a unas cuantas cuadras de casa, el cielo se había cerrado y no se veía por ninguna parte el sol. Al lado derecho un característico auto alargado color amarillo con un avión plasmado en la puerta, las facciones del conductor estaban contraídas y miraba constantemente por el retrovisor. La radio diagnosticaba lluvias leves, el verde se puso y el auto amarillo giró a la derecha; nosotras seguimos de frente.
Curiosamente llegamos al mismo tiempo a la calle esmeralda; mi madre aparco el auto en la acera y el auto amarillo se paró de manera extraña en el veinticinco. Mientras esperaba que mi madre bajara del auto para auxiliarme, miré al sujeto que bajo del auto. Un hombre bien parecido con gafas en círculo, el cabello engominado echado hacia atrás; con pantalones ajustados y una chamarra holgada al estilo Gallager. El hombre se despidió del taxista y cerró la puerta del vehículo. Se posó frente al camino que conducía a la puerta, dejando caer su mochila de viaje a un lado. Mi madre le lanzó un saludo al extraño y este únicamente hizo un gesto con la mano; algo en el sujeto me ha llamado la atención, mientras caminábamos a casa no he dejado de mirar hacia atrás esperando que cambiará de dirección ya fuera al veinticuatro o al veintiséis. Pero sorpresivamente llegó hasta la puerta y entro a la vivienda misteriosa.
Esa tarde la comida estuvo sin sazón, la charla sin emoción y llena de miradas que encerraban tristezas y esperanzas. Apenas termine el platillo dejé la mesa para que mis padres pudieran hablar sin cuidado. Mi habitación estaba hecha un caos pero que más daba, me recosté sobre los vestidos, tome mi iPod y me puse los audífonos para escuchar las canciones melancólicas lentas. Cerré los ojos e intente llorar en silencio, para cuando desperté ya había iniciado un nuevo día; lo primero que hice fue asomarme a la ventana instintivamente, el agua se había llevado las penas del día anterior y con ello la jungla de la casa veinticinco. Ahora el jardín lucía increíble y en el frente deslumbraba una nueva flor, una rosa azul.
Irónicamente todo había cambiado de rumbo las vacaciones se posponían, mi madre había buscado por horas en el internet un terapeuta que pudiera regresarme a mi vida anterior y sino que al menos moverme sin tanta dificultad como lo había dicho el médico. Por otra parte mi padre mantenía mucha comunicación conmigo tratando de no dejarme sumir en la depresión, preparandome para lo que podía venir. Así que mis mañanas estaban ocupadas por el terapeuta que llegaba puntual a las nueve de la mañana que a ritmo de take on me iniciábamos los ejercicios, mientras que por las tardes los tres dedicábamos el tiempo a recordar viejos tiempos. Tomando la cámara de video y reproduciendo en el televisor aquellos recuerdos de la gente que ya no estaba con nosotros pero que acepto su vida tal y como era, sin complejos, sin ataduras, ni remordimientos.
Así pasamos un mes intentando luchar con algo que no podía vencernos a los tres o al menos no de momento. Ya que se notaba una leve mejoría y aunque faltaba mucho camino por recorrer mis padres entendieron que la siguiente etapa debía continuarla yo. Así que la primer prueba de fuego fue ir al trabajo para notificar de mi condición, recuerdo muy bien que todos los amigos del trabajo me veían de forma extraña. Nada parecía lo que era antes o más bien yo no era la de antes. Algunos me dieron ánimos, otros trataron de hacer bromas sobre que sería la próxima Dra. House del lugar pues mi carácter ya me había dado fama. Sin pena ni gloria regrese al auto como pude. Mi padre me esperaba con una sonrisa en el auto, que me levanto un poco el ánimo. De camino casa reflexione profundamente sobre si realmente debería regresar a trabajar algún día. Mi mirada se perdió mirando las nubes plomizas que aseguraban una lluvia. El auto detuvo su andar y mi padre se quitó el cinturón de seguridad, salió del auto y cuando abrió la puerta del copiloto, notamos que el joven del veinticinco se acercaba. El hombre se dirigió a mí – Buenas tardes, vecina. He notado que ve ocasionalmente mi rosal y bueno... – le miré a los ojos verdes claros con el iris color granate en forma de hexágono, sus dientes simétricos combinaban a la perfección con los detalles finos de su mentón y su nariz. Me quede boqueando como un pez, mi padre sorprendido también lo miraba atentamente – espero que no les incomode, este detalle, con permiso –. El hombre regreso caminando con desdén a su casa, que más que casa parecía su guarida y como sabía que el rosal me había robado el aliento.
Mi padre un tanto impresionado por la acción no dijo más, entramos a la casa y con una mirada mi padre apago los intentos de mi madre por saber quién nos dio la peculiar rosa. Lo único que mi madre pudo enunciar eran los rumores sobre la belleza sublime de aquel hombre que parecía sacado de un cuento de hadas. A lo que mi madre añadió que si él le pidiera solo una noche, ella sin dudarlo se iría y quien sabe a lo mejor no regresaba a casa nunca. Mi padre soltó una carcajada y movió la cabeza a los lados.
Desde ese día no he dejado de pensar en él, todas las noches lo espió desde mi ventana, parece que sus actividades comienzan a las siete de la noche y terminan en la madrugada. Cada tercer día sale a caminar a las nueve de la noche y regresa siempre a las dos de la mañana acompañado de una pequeña hielera. Curiosamente la rosa lleva un mes de vida en el florero y no se ha marchitado. Mi regreso al trabajo ha sido inevitable y con la ayuda del bastón me abro paso entre la multitud para regresar a lo que era antes, así que trato de seguirle la pista al chico guapo a las diez de la noche pero no siempre tengo éxito. Y aunque mi madre me ha alentado a buscarlo las únicas veces que me he cruzado con él es cuando llueve y el sale a dar un paseo por la manzana. El otro día vi como la chica del veintitrés ataviada con un gran abrigo tocaba incesantemente el timbre pero nunca abrió. Cosas de ese tipo me desconciertan y me hacen pensar que es como todos los hombres, además, dicen que la señora del veintiséis ya se ha acostado con el varias veces. Pues con tal de no dar la cara ya no sale a la luz del día, aunque no debería preocuparse hace bastante tiempo que no vemos al marido.
La vecina del veinticuatro asegura que hace ritos satánicos por la madrugada y que de la hielera saca hígados, pulmones y corazón que degusta a lado de la mujer del veintiséis. De la cual se alimenta cada luna llena bebiendo sangre de cuello. Desde que escuché a mi madre contar esa historia mientras bebíamos café por la noche no he dejado de soñar en ello, reproduciendo una y otra vez como se realiza la carnicería en el patio trasero. En el que el chico guapo toma mujeres y hombres por igual, seducidos por su mirada se dejan sacrificar como si supieran que la redención vendría después del acto. La mayoría de los sueños terminan con nacimiento de una nueva rosa azul. Salvada por el reloj despertador siempre amanezco con el cuerpo sudado y la ventana un poco abierta.
Esta mañana ha sido diferente, en la cómoda ha aparecido un clavel azul con una nota escrita en manuscrita que decía:
Amor yo no muero,
No me voy,
Esto es lo que soy
Solo un viajero.
Entonces recordé el sueño: El entraba por mi ventana y cuidando de mi sueño se encontró por algunos minutos mirando mi respiración apacible, lentamente se fue acercando para susurrarme algo de la vida, para después darme un beso frío en los labios.


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