Mi Amigo
por Tristan Valdivia
Cuando nací desconocía todo a mí alrededor, sólo recuerdo a mis hermanos, a mi madre que nos cuidaba y daba de comer. Mi padre a la distancia nos observaba y muy a su modo nos cuidaba, su amigo, con quien pasaba mucho tiempo, jugaba e iba para muchos lados, nos quería mucho y le gustaba vernos crecer. Los días transcurrían y mis hermanos y yo jugábamos, a veces mi padre nos acompañaba y si corríamos con suerte, también jugaba con nosotros. No conocía otra cosa en el mundo más que mi madre, mis hermanos, mi padre y su amigo; yo era feliz.
Notaba cambios en mis hermanos y en mí, crecíamos de tamaño y los juegos se volvían muy diferentes, yo jugaba con ellos pero mi padre no se metía tanto, cuando nos acercábamos a él nos mordía y más a mí, sin tener explicación alguna. En las noches, recuerdo que yo dormí alejado de mi familia, si tenía suerte, uno de mis hermanos se quedaba conmigo.
No recuerdo los intervalos de tiempo y espacio, sólo que cierto día, el amigo de mi padre y una chica que lo acompañaba, me metieron a una especie de maletín, éste tenía una rejilla que a través de ella pasaba el aire pero no podía ver casi nada al exterior, mi cuerpo era demasiado grande, tuve que acomodarme y aquél maletín se puso en movimiento; desconocía que a partir de ése momento y por el resto de mi vida, no volvería a ver a mi familia. Durante el trayecto escuchaba muchos ruidos: personas hablando, autos, camiones, cláxones y de entre ellos una máquina destellando aire, hasta que una voz habló con la chica y con el amigo de mi padre, se saludaron y después sentí un movimiento yo estando dentro de aquel maletín; tampoco sabría que aquel día sería la última vez que escucharía ese par de voces conocidas y el maletín se puso en movimiento de nuevo continuando el viaje. Estaba inquieto, no sabía que sucedía hasta que note como el maletín se abría de uno de sus lados dándole paso a una mano que me acariciaba en señal de transmitirme un poco de calma, pero me ganaron los nervios y quise salirme por ese espacio que se había formado, esa misma mano impidió escaparme cerrando el hueco y deteniendo mi paz, el maletín donde viajaba se cerró y comencé a llorar, la nueva voz me decía que ya estábamos cerca de llegar, que no estuviera triste y que no llorara.
Después de andar en movimiento por un lapso más, el maletín se detuvo, se abrió y salí disparado. Me sentí ansioso e inquieto, en ese momento vi a dos personas: una niña y una mujer; la niña se alegró de verme y yo también al verla, la mujer observaba a lo lejos; y hasta que por fin vi a quien pertenecía la voz y mano con la que tuve contacto por primera vez, tal parece que les dio gusto verme. A la casa que llegué no se parecía en nada al lugar donde me encontraba con mis padres y hermanos y empecé a recorrer aquel lugar, había una estancia donde preparaban comida y en ocasiones el ambiente era caluroso, era raro pero me decían que no podía estar ahí, en otra estancia había una mesa donde esas personas se sentaban a comer y donde el compañero que conocí me daba de lo que él probaba sin que las otras dos personas se dieran cuenta.
En un espacio más se encontraban dos sillones donde me podía acostar y jugar con la niña y su hermano, había otra estancia donde la niña y la mujer entraban a dormir y tenía prohibido meterme a ese sitio, otra estancia había en la que podía hacer del baño sin que hubiera problema y que alguien me dijera que no estaba permitido; y, por último un pequeño patio donde podía acostarme para tomar el sol y estar tranquilamente.
Estando en ése hogar todo caminaba para estar bien hasta que había visitas, decían que era muy inquieto y que por mi tamaño yo podía ser peligroso para los niños. Las mañanas las ocupaba para salir y eso me ponía de buenas, salir me gusta, al día de hoy lo disfruto mucho, salía con mi compañero a correr, él se cansaba antes que yo pero aún seguía conmigo, al día de hoy se sigue cansando antes…
Cierto día había mucho movimiento en casa, mi compañero empezó a empacar muchas cosas y escuché decirle en voz alta que eran de él y de un momento a otro las sacó incluyendo mi cama y juguetes. En ocasiones, él se ausentaba por largo tiempo y yo me desesperaba, en su ausencia me quedaba al lado de su hermana mientras ella dibujaba y coloreaba en uno de los sillones, ella me acariciaba mientras yo la cuidaba, su madre se molestaba en ciertos momentos porque decía que hacía mucho desorden, eso inquietaba a mi compañero.
En una ocasión todo cambió, recuerdo que salimos mi compañero y yo de aquella casa y no pude despedirme de aquella niña con quien compartí muchas cosas y gratos momentos, ahora se convirtieron en buenos recuerdos. Esperamos a un auto y lo abordamos, dentro de él iban varias cosas de entre ellas mi comida, mi cama, mis juguetes y unas cajas, el señor que manejaba le preguntó a mi compañero si ya era todo y este asintió. El auto comenzó su marcha y me puse inquieto, no sabía a dónde íbamos y solo tenía por respuesta a mis nervios: “tranquilo, todo estará bien”, en lo que a los lados del auto veía pasar muchas luces y personas mientras mi compañero conversaba con la otra voz dentro del auto, le indicaba un camino…
Y llegamos, el motor detuvo su marcha y se abrió la puerta, pude percibir que era un lugar que nunca desconocía, mi compañero agradeció el viaje y el habernos llevado, el señor respondió amablemente abordando el vehículo para no verlo de nuevo. Cruzamos la reja que daba a la calle y nos dirigimos por un sendero que conectaba a una puerta, entramos y se sentía una atmósfera fría, silenciosa y al parecer sin más persona, subimos varios escalones hasta llegar a un tercer piso, mi compañero abrió la puerta, era otra casa.
- Aquí estaremos en lo que encontramos algo mejor, es tu casa, entra. Me dijo mi compañero mientras quitaba las llaves de la puerta.
Había una cama enorme, podía correr, jugar, acostarme ahí, no había muebles y eso ayudaba a que pudiera correr libremente. En ése lugar conocí a Alejandra y a su amigo Dante, éste último se parecía un poco a mí, a diferencia de que Dante tenía el pelo oscuro y se molestaba cada que nos acercábamos, creía que iba a invadir pero solo quería jugar. Todos los días mientras estuvimos ahí, mi compañero y yo salíamos muy temprano a caminar y a correr, recuerdo que aún no salía el sol y nosotros ya andábamos de vagos en la calle; de lunes a viernes lo hacíamos muy temprano, parecía que era de noche, salíamos así porque él tiene que irse a trabajar, sábados y domingos era un poco distinto, nos levantábamos con un poco luz natural y menos temprano y cuando salíamos no había limite de tiempo y casi siempre regresábamos cansados.
Recuerdo que mi compañero hacía una maleta donde guardaba ropa, zapatos y cosas que utilizaba para vestirse, me decía:
- Son cosas para el trabajo.
Y también había ropa para cuando usaba la bicicleta, me explicaba que así iba y venía del trabajo para cuando él llegara a donde dormíamos saliéramos lo más pronto a correr. Me dejaba agua y comida y en su ausencia yo permanecía en el cuarto y todas las mañanas antes de irse me decía:
- No hagas destrozos, nos vemos más tarde.
Ya dentro del cuarto, escuchaba la puerta abrirse mientras unos pasos se dirigían a la salida junto con el ruido característico que produce una bicicleta y lo observaba marcharse desde la ventana. Y así pasaron muchos días, tantos que perdí la cuenta de cuantos fueron, en lo que esperaba a su regreso me acostaba en los pies de su cama hasta que el sueño me vencía. Al paso de las horas y de la luz llegaba el momento de la tarde-noche que esperaba, nuevamente el ruido de la puerta, mi compañero había regresado y una vez colocada su bicicleta…
- ¿Cómo estás?, ¿ya estás listo?; vámonos…
Para ese momento aparte de contento ¡ya estaba listísimo para irnos! Mi alegría era mucha como para que él la pudiera notar más que de costumbre. Visitábamos un parque inmenso, lleno de vegetación y más personas que corrían junto con sus amigos y extenso lugar conocí a Enfrijolada, era una amiga con la que podía jugar conmigo por mucho tiempo o lo que ella pudiera aguantarme, ella siempre se cansaba antes que yo y a pesar de las carreras que me aventaba no siempre terminaba muy cansado, es más, después de pasar varias horas ya estaba listo para salir de nuevo.
Después de lo que se venía no volvimos a ser los mismos…
Una mañana no salimos a correr como de costumbre, ése día agarró el costal de croqueta y lo cargó, salimos dirigiéndonos a la calle. Caminamos cerca de quince minutos y nos detuvimos en una calle muy transitada por muchas personas y autos, el sol comenzaba a inquietarme y mi compañero hacía lo propio para tranquilizarme, hasta que una camioneta se orilló. Dos personas gentiles, una dama y un varón salieron de ella y se acercaron a él, cruzaron palabras has que me dijo:
- Subamos.
Nos acomodamos y emprendimos el viaje; iba muy inquieto e incómodo y mi compañero se empezaba a desesperar. Cuando bajaron el vidrio de la puerta de camioneta me asomé y sentía el viento en mi cara, una sensación de calma me alentaba un poco.
Tras varias horas de camino la camioneta se detuvo, nos abrieron la puerta y otra vez no reconocía nada, llegamos a una cada inmensa; en eso, tres chicas se acercaron, eran hermanas y la mayor caminó hacia mí y me saludó, yo estaba nervoso y no la conocía, su acción me hizo sentirme más tranquilo. Me soltaron y me eché a correr por el nuevo espacio, estaba exaltado hasta que mi compañero me dio agua. Transcurrió la tarde y con ella la acompañó la oscuridad de la noche, yo seguía explorando el terreno, mi compañero se encontraba detrás de una puerta negra lo podía escuchar, pensé que ambos pasaría la noche junto a él, estaba equivocado…
Cuando me di cuenta estaba solo sin mi compañero en aquella extraña casa, ya no escuchaba su voz, no había ni tenía algún rastro de él. Recuerdo que estando en aquél lugar me amarraron en el piso de arriba, sólo veía una puerta blanca, era grande, corrediza y al sentirme solo comencé a llorar, el sueño de madrugada fue mi compañero aquella larga noche.
Cuando abrí los ojos, el sol y la mañana alumbraban el lugar, vi a mi compañero y salimos a caminar, dos de las hermanas que nos habían recibido nos acompañaron; había mucho campo libre para correr y así sucedió, me ganó la adrenalina y la emoción por correr que mi compañero y las dos hermanas se quedaron muy atrás de mí.
Regresamos a aquella enorme casa, probé alimento y agua y el sueño me venció; cuando desperté reconocí de inmediato esa voz que tenía frente a mí; el estaba hincado hablándome, una especie de despedía por un tiempo.
- Prometo volver por ti, es difícil para mí esto, cuídate chato, regresaré.
En ese momento mi compañero me dio un abrazo y se irguió, tomó su mochila, cruzó palabras con las personas que nos habían traído en la camioneta, se dirigió hacia la salida, cruzó la puerta y tras cerrarla no volví a verlo.
Después de eso perdí la noción del tiempo, días y noches me acompañaban durante esos eternos días, recuerdo que Nancy, la hermana mediana me daba de comer y me cuidaba, salíamos a correr, fue mi acompañante durante un buen tiempo en el cual ella estaba conmigo en la medida que ella podía, pasaba casi todo el día me encontraba amarrado y mi compañero no aparecía… Llegó el invierno y con la estación muchos días con fríos crudos y salvajes; en aquel sitio no era nada de lo que yo conocía, mi mundo había cambiado y mi compañero había desaparecido.
Con el paso de los días invernales el clima empeoraba, sin embargo, Nancy me adaptó con unas tarimas una casita y me dio unas cobijas donde pude refugiarme y resistir mejor el frío.
Enero pasó de forma veloz y llegó febrero y junto con él me llevé una sorpresa, no estaba equivocado, aquella voz que nunca olvidaré volví a escucharla, ¡era mi compañero! En ese momento Nancy estaba sorprendida porque nadie esperaba esa visita.
El jefe del hogar se dirigió a él diciéndole que le daba gusto verlo y a mí más, estaba muy contento y corría por todo el patio y la felicidad no me cabía en el ser, me decían que me quedara quieto pero ¡no! No podía estarlo, después del encuentro sorpresa Nancy tuvo que amarrarme para que me calmara.
Cayó la noche y los escuchaba en el interior de la casa, mi compañero salió a verme, me soltó y fuimos a caminar, en ese paseo nocturno reviví los recuerdos de salir, explorar y relajarnos. Al volver la ansiedad me comía por acercarme pero me calmaron al decirme que al amanecer nos iríamos y por supuesto ¡ya quería que fuera de día!.
Más tardó en salir el sol que yo en estar listo, el señor de la casa echó a andar la camioneta, le dijo unas palabras a mi compañero y las hermanas al escuchar lo que hablaron se movieron como si ya supieran lo que debían de hacer; abrieron la puerta para que pudiera salir la camioneta y emprendimos una vez más otro viaje.
Era de madrugada y las luces de la calle pasaban una detrás de la otra rápidamente, el viento gélido de la temporada golpeaba pero no me importaba. Después de volver a rodar por calles y avenidas, la camioneta se detuvo y la señora de la casa descendió de ella y bajó la puerta de la caja trasera para que pudiéramos bajar, después de eso ella me dijo:g
- Cuídate mucho, no hagas destrozos.
Mi compañero se puso su mochila y el señor se dirigió a mi compañero:
- Nos estamos viendo, vete con cuidado.
Solo observaba atento mientras aquellas nobles personas volvían a abordar la camioneta para seguir su camino, aquella familia no la volví a ver pero estaré siempre agradecido por todo lo que hicieron por mí.
En eso mi compañero me sujetó bien, ajustó de nuevo su mochila y exclamó:
- Listo, vámonos.
Emprendimos el viaje por viejos lugares conocidos: las calles por donde solíamos caminar, aquél parque donde corríamos y eso me alegró recordando momentos con nostalgia y a la vez con tristeza porque en el fondo sabes que quizá no volverás a visitarlos.
Posterior a unas horas de haber caminado, llegamos a un nuevo lugar, nuevo para mí, mi compañero abrió la puerta y entré cuando me dijo:
- Llegamos chato, esta es tu casa.
Sentí tranquilidad, una profunda que quizá él no pueda entender y mucho menos comprender; caminé explorando el lugar y pude reconocer mis juguetes y una cama para mí, cuando ubiqué el sitio donde estaba me acosté como avión, todo estirado sobre el suelo y dando un suspiro desde lo más hondo de mi ser, en eso mi compañero me habló y reaccioné, una vez más se hincó frente a mí y me dio un abrazo diciéndome:
- Perdóname, eso no se le hace a un amigo, ahora será diferente y de hoy en adelante no te soltaré.
Fue entonces cuando me di cuenta que a mi lado no tenía a un compañero si no a un amigo, como los demás que ya lo tienen, yo tengo uno que hemos estado en las buenas, en las malas y en las peores y al día de hoy así continuamos…
Este cuento es para mi amigo Aquiles, porque a pesar de todo, tú me has enseñado el valor de la lealtad, de la amistad y del cariño incondicional. No sé qué sería de mí o dónde estaría si no estuvieras tú. Gracias.


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