Un corazón en solución, por Arturo Aguilar
Un Corazón
En Solución
Divina Garza
Te escribo a ti que no le temes a la
soledad. A quien le congelaron las entrañas para no dejarse intimidar por
los hombres, que encontraste la felicidad en mofarte de ellos regalándoles
sonrisas cínicas.
Tarde entendí que no conoces la fatalidad y
que las consecuencias de tus actos son un precio justo que hay que pagar
oportunamente. Es cierto, vida sólo hay una y no me importó perderme en tus
ojos tristes, exhaustos y carentes de lágrimas.
Algo en ti provocaba el desequilibrio en los transeúntes, robaba miradas
e inspiraba bajas pasiones.
¿La
reina del lugar? Sin duda.
Cuando
hablabas de hombres quemados, siempre pensé que te referías a lo poco
que había de sí mismos después de estar contigo. Siendo sinceros no comprendo porque nunca
mediste el calor con el que alimentabas mi alma, ni por qué sanaste mi corazón,
si de todas formas lo ibas a desechar. Me gustaría pensar que lo que hiciste
conmigo simplemente fue un efecto colateral, una lección que tarde o temprano
llegaría a mí para finiquitar promesas del pasado no cumplidas, las ilusiones
perdidas… los corazones rotos.
Nunca me imaginé que el decir adiós fuera
una rutina para ti, acabaste parte de mí cuando aseguraste que me faltaban dos
tallas más para estar a tu altura y que era preferible decirlo antes para
evitar malinterpretaciones. Que lo nuestro había sucedido por la ausencia del
tercero en discordia y que tendría que agradecerte el viaje a tu lado.
Ahora estas aquí lejos de los amores, las
miradas y la ironía que te acompañaba a
todos lados. Te echo de menos es cierto, pero aún tengo la esperanza de
encontrarte en la siguiente vida o que aparezcas en esta.
Donde quiera que estés, con cariño.
Humberto
Humberto terminaría de leer la carta en voz alta frente al mausoleo,
doblaría la hoja para introducirla en una pequeña botella de vidrio color ámbar
y sellarla con un corcho. Acomodó la
botella frente a un pequeño ramo de rosas formado por un tridente de colores
amarillo, blanco y rojo. Giró la botella hasta que se encontró con la etiqueta
en la que se leía Gloria.
El joven dedicó una mirada al crucifijo mal acomodado y se limpió
unos restos blanquecinos que se le habían pegado al pantalón. Dedicándole un suspiro
a la esencia de Gloria, dio la espalda a está y se encontró de frente con el
vigilante del campo santo, que de no haber sido por los reflejos le habría
besado la frente al señor de edad avanzada, -¿Se va a tardar mucho joven?- No, ya voy de salida señor, respondió
sorpresivamente. - Muy bien, porque ya se
oculta el sol y le aseguro que no le gustaría estar aquí para entonces-.
El anciano lo miró fijamente, tratando de leer el mensaje en los
ojos de Humberto y al cabo de unos segundos regreso al camino pavimentado
moviendo la cabeza a los lados indicando molestia. Humberto dio un respiro profundo mientras acariciaba su abundante melena – ¡¿Qué
pedo con el viejo?! – pensó para sus adentros. El aíre fresco de invierno se
hacía sentir, las hojas marchitas corrían a esconderse para compartir el
descanso con los acaecidos. El movimiento de las ramas del singular árbol del
pirul llamó su atención. – Un buen lugar
para mirarte – comentó en voz alta sin girarse al mausoleo. Miró su reloj e
inició el camino hacia la salida del cementerio.
Mirando al horizonte reflexiono: Querías comerte al mundo, pero te
comió a ti Gloria. Un pensamiento lo asalto antes de salir del cementerio al mirar
un letrero que decía “Recuerde que el abismo lo espera” un sentimiento de
remordimiento le invadió poniéndole la piel de gallina. Fue entonces cuando
volvió a leer “Recuerde que el abismo lo espera… pagué oportunamente sus rentas. Atentamente: La Administración“.
Al salir del cementerio, Humberto detuvo su andar y su mirada se
perdió siguiendo el torbellino de hojas que conforme avanzaba en la acera iba
ganando fuerza y altura, hasta que se estrelló con un árbol medianamente
robusto. Regaló un suspiro a la nada y continúo el camino a casa a pie tratando
de alejar todo pensamiento.
Al llegar a casa, se sintió tan cansado que no lo pensó dos veces y
bebió un trago para animar el corazón. Terminó la botella y el sentimiento
había ganado terreno en su interior, insatisfecho se acercó a la alacena en la
búsqueda de algo que pudiera acompañarle el resto de la noche. Apenas encontró
lo que buscaba se acurrucó en una esquina y dejo las formalidades para otra
ocasión bebiendo a pico de botella. El recuerdo oscuro lo asalto, un impulso lo
invito a sacar de su bolsillo el móvil para hacer una llamada. Haciendo uso de
la marcación rápida, marcó: asterisco veintitrés, bebió del deseo y se abrazó
al delirio; en medio de la oscuridad y la luz que entraba por la ventana,
escucho atentamente el timbrar del teléfono. Entró la contestadora – Estás tratando de comunicarte con Gloria,
por el momento no estoy disponible pero en cuanto pueda me comunicó contigo.
Deja tu mensaje…- Humberto se sintió
abrumado y la voz se escondió en lo más profundo de su ser. Hasta que por fin rompió el silencio.
Hoy fui a visitarte al cementerio con pura buena voluntad y aunque
he dejado de lado la guerra por lo que fuiste. Tengo que contarle a alguien lo
que sucedió ese día…
Después de que terminaste con las ilusiones percibidas, trate de
reinventarme refugiándome en el corazón de Mayra, quise creer que podría
funcionar. Pero nunca pasó de ser una chica más a la que conocía, mi anhelo
trato de descifrarte una vez más y la respuesta
la obtuve de un extraño que conocí en una cantina – Cuando las cosas se ponen difíciles, la última opción es el matrimonio–
sin decir nada, mi mente comenzó a trazar un plan para jugarse ese as bajo la
manga.
Cambié la estrategia de buscarte, conocía el café que frecuentabas y
sabía lo que tenía que hacer. Las primeras citas fueron con Mayra, pocas veces
coincidimos pero las veces que lo hicimos. La devoraba lentamente, así fueron
desfilando las mujeres. Hasta que llegó una que llamó tu atención a la cual no
te resististe y te acercaste diciendo –
Chica tan bonita, que haces con un bueno para nada como este hombre…– La
chica te dedicó una sonrisa y te respondió
– Éste hombre es encantador, ha desnudado mi corazón, ha ganado una guerra que
pocos entenderán, como tú sabrás mujer de arena –.
Tú corazón por primera vez daba a cuenta gotas pequeños espasmos de
vida, me acerqué a una tormenta y al triángulo amoroso que formábamos él, tu y yo, no me quedó más que bailar a tu
ritmo, tu danza. En ese momento descubrí tus miedos y entendí que los sueños no
eran tan ajenos a lo que éramos. Aterrice las dudas, sabía que tenía que
comerme la locura. Un día te encontré
pérdida en mí mirada entonces supe que pronto te irías, otra vez. Es
cierto el amor es la solución de todo mal, pero el verdugo del presente estaba
a la vuelta de la esquina.
Recuerdo haberte citado en el café una tarde encapotada de otoño,
las manos me sudaban. Lo que se venía era algo nuevo para mí, llegaste quince
minutos después como de costumbre. La tarde comenzaba a caer y la luna salía a
complementar mi discurso. En el que te aseguré que solo a ti te abrí el alma y que sabía que tú
vagabas de la mano de la libertad, que podíamos fumar de la pipa de la paz
porque yo sumaba a tu vida. Fue así como te lanzaste sobre mí como un mero
reflejo de tu dulzura. Salimos a
caminar acompañados por la luna, en
donde cada callejón era una puerta al paraíso.
Hasta que llegamos al cementerio que tenía una pequeña puerta abierta de
par en par, tiré de tu brazo para entrar a ese lugar reservado para el
descanso. Que entre risas, la adrenalina
y sin testigos fuimos desprendiéndonos de la ropa. Las voces a lo lejos, te hicieron recordar que aún quedaba algo de
pena en ti y corriste a esconderte. Para cuando te alcance estabas sentada
sobre una tumba de mármol. Una mujer de plata, esperando por mí.
De un movimiento me quite la camisa que ya se encontraba
desabotonada, te cubrí con ella tu piel tan blanca y tomé de la bolsa de la
camisa el anillo. Para apoyarme en mi rodilla y decirte: Valió la pena seguirte
hasta aquí, somos la locura en la tempestad. Estoy seguro que quiero vivirte a
diario, he muerto y he renacido por ti.
Te invito a mis sueños, amanezcamos bebiendo café comiéndonos a besos,
mirándonos a los ojos.
La fragilidad de tu alma abandono la vida, tomando el anillo
colocándotelo en el dedo anular. Para después quitártelo y decirme mirándome a
los ojos – Sin preguntas, ni respuestas – te encogiste de hombros y danzaste sobre las
tumbas para cruzar la acera posicionándote en un espacio libre.
Los susurros se escuchaban en el aíre, la piel se me puso chinita.
Cuando a lo lejos vi a una anciana orando al pie de una tumba, ahora las risas
eran más constantes y tú bailabas embriagada como si supieras que esa fiesta
pagana estaba dedicada a ti. Me hiciste unas señas para que te siguiera, preso
del miedo me puse en camino. Aún no puedo explicar a ciencia cierta lo que vi
esa noche, extrañamente a la orilla del camino había una franja de sal muy
pegada a la tierra como si fuera la frontera de otra dimensión. Entonces te
acercabas cada vez más a esa sombra que de un momento a otro, paciente te
devoró. Llevándote hacia la nada pues lo único que broto de la tierra fueron
unos restos de huesos y los gusanos que devoraban lo poco de masa muscular que
quedaba. No sé de donde salieron
aquellos hombres que me tomaron por los brazos, para llevarme a la salida del
cementerio. Ya estando fuera me treparon a una camioneta para llevarme a una
pequeña choza en donde me dieron una friega con pirul y alcohol. Me colocaron
muchas pieles de animal encima, entonces comenzaron los cantos. Al poco rato me
dieron un brebaje que me hizo retorcerme en el suelo.
Perdí el conocimiento, pues el calor
sol me despertaría a la mañana siguiente a unas cuantas cuadras de casa,
tirado en la acera a la sombra de un teléfono público. Con el torso descubierto
y los pies descalzos regrese a casa. Durante mucho tiempo no salí de casa por
la noche, quise imaginar que todo lo que sucedió fue producto de una mente rebuscada y obsesionada
como la mía. Hasta que vi en los postes de luz y en la televisión anuncios de
búsqueda enmarcando una foto sexy tuya. La policía aseguró al mes de
desaparecida que seguramente eras presa sexual, mientras que la crítica
periodística decía que te encontrabas descuartizada y que muy seguramente
vagabas por alguna parte del bordo. Cansados de buscarte los amigos,
familiares, amantes y algunos apoyos desconocidos; te hicimos el pequeño
monumento en el que hoy descansas. Simbólicamente quise ponerte ese
crucifijo al cual visitaré y leeré cada
carta que representa todo aquello que ya no vivirás.
Más perdido que consiente Humberto quiso ponerse de pie, pero no lo
lograría. Así que se quitó los zapatos como pudo y se recostó en el suelo. Envenenado
despertaría hasta la noche del día siguiente, se puso de pie y observó un tanto
extrañado que la puerta de su casa estaba abierta. Curiosamente encontró unas
huellas de tierra que terminaban en la
entrada a su dormitorio, dubitativo trato de buscarle un sentido a todo lo que
estaba observando. Preso de la duda se dirigió al dormitorio y ahí estaba el
frasco con la leyenda Gloria en la mesita cerca de la cama. Humberto escucharía
un leve susurro a sus espaldas – Para que
no extrañes mi sabor, yo podría renacer por amor –.

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