El Viajero, por Tristán Valdivia
El Viajero.
El Despertador sonó, eran las
03:50 del tres de octubre de dos mil diecinueve, nos encontramos en el siglo
XXI, época de muchas revoluciones en este caso tecnológicas, donde las máquinas
que, a pesar de ser aún construidas por humanos y de no tener control propio de
sus acciones, avanzan a pasos agigantados; lo decían los diarios, la opinión de
gente especializada en el tema, la industria, los propios humanos: “la
inteligencia artificial estará conviviendo con la nuestra (la humana) mucho
antes de lo que planeábamos” ; pero eso ¿qué tiene de trascendente en nosotros,
en mí?, menos de lo pensado, yo lo descubriría…
A pesar de que el tiempo nunca se
detiene, él es el único que no puede ser alterado o modificado, eso se pensaba
hasta que las cosas que damos por ciertas o hechas cambian, no suceden u ocurren
de manera distinta y eso pasó.
El día transcurrió como los
anteriores tratándose de lunes a viernes; hoy es jueves, día laboral como los
mismos de siempre: llegar a la oficina, encender la computadora, enviar
correos, elaborar escritos reportes para las diversas áreas para que completen
su información y presenten su informe mensual, revisar otros equipos y en su
defecto darles mantenimiento correctivo y/o preventivo, revisar las redes del
sistema, etc., con una hora de comida y por último, antes de cerrar la jornada,
revisar nuevamente la bandeja de correos electrónicos y ver posibles mensajes
sin leer.
- No hay nada. Ya estoy harto. Me
largo de aquí.
El ordenador se apagó, el
escritorio quedó como si nadie hubiese estado ahí, la silla replegada a la
mesa, los cajones cerrados con llave. Del escritorio a la salida había un
pasillo bastante largo adornado por varios cuadros de flores, retratos,
paisajes y una fotografía de un Shelby 1970 GT500 color negro enmarcada a doble
vidrio, a veces ése auto me hacía olvidar por un rato la realidad de la vida
vana imaginando el rugir de su motor, el caucho de sus neumáticos quemándose sobre
el asfalto, la adrenalina de acelerar sin pisar el freno y recorrer caminos sin
rumbo cierto.
Saliendo del piso me encontré con
Pedro, Peter para los amigos.
- Vámonos Don Peter, por hoy ya
estuvo.
- No joven, a mí aún me falta
otro rato más, después ya podré decir que ya estuvo.
Una leve risa salió de aquél
hombre, era de aspecto un poco mayor, de baja estatura, con un carácter
tranquilo, era el encargado en turno de la seguridad del piso, a su lado había
una pequeña mesa junto con una silla donde podía sentarse cuando estuviera
cansado de estar parado por resguardar la entrada del acceso al piso; sobre la
mesita una libreta para el personal externo donde tenía que registrar su
entrada y salida, una botella de plástico con agua simple y una pequeña radio
con una antena que a veces ayudaba a recibir mejor la señal; Don Pedro tenía
puesta música clásica y en otras ocasiones sintonizaba las noticias del día.
- Hasta mañana joven, que
descanse.
Con una voz de cansancio le
respondieron:
- Hasta mañana Don Peter, que le
sea leve.
En el trayecto de regreso a casa
estaba lloviendo, pero no era cualquier lluvia, venía acompañada de una brisa
fría que anunciaba la llegada del otoño donde era agradable sentir la sensación
fría del ambiente y para comprobarlo, venía esa acción imparable de sacar aire
caliente por la boca mostrándose la neblina característica de un clima gélido.
Cuando el clima favorecía, era posible moverse en bicicleta o caminando, otras
veces con ambiente adverso no se podía ni en autobús o taxi y lo mejor era
esperar. La chamarra estaba mojada y era necesario colgarla para que secara,
las luces de la sala se encendieron para llegar a la cocina y poner agua en una
tetera para calentarla, las ropas mojadas también fueron despojadas del cuerpo
para evitar una neumonía casi segura, el estéreo ya estaba encendido, la música
que sonaba era bossa nova, jazz e instrumental, esos géneros ayudan a calmar
los nervios, nervios que guardaban tanta energía potencial como para intentar
atravesar un muro a base de puñetazos.
La taza con café humeante estaba
sobre la mesa, después de un baño para evitar el resfriado era más que
obligada, los canarios presentían que algo no estaba bien en el ambiente y por
desgracia esos seres no pueden hablar para prevenir y aunque su canto nos
guste, no lo podemos traducir; el verlos hacía venir recuerdos, sobre todo
recuerdos de los ancestros, aquellos momentos que se vivieron y no se pueden
repetir, mucho menos hacer que vuelvan a ocurrir, tampoco se vive del pasado,
así no funciona el presente ni los modos de tiempo, ni qué decir del futuro, un
futuro que para mí no existe y tampoco está escrito. Con esos pensamientos se
arribó al último lugar del día: el mundo del sueño.
En aquél plano, el tiempo no
tiene medición ni límite, mucho menos distinguir lo real de lo ficticio, lo
vacío de lo profundo, lo sensible de la crudeza. Hay un recuerdo: una explanada
desierta, sin gente, con varias jardineras cubiertas de un cielo rojizo, no de
esos atardeceres sino un cielo diferente entre rojo y marrón, hacía viento el
suficiente para levantar la tierra del suelo.
- Yo ya he estado aquí antes,
pero no hay gente. Replicó aquella voz.
Caminó por la extensa explanada,
mirando por todos lados buscando alguna señal, algún indicio del porqué de ese
escenario; siguió caminando hasta llegar a una avenida grande, los semáforos
del cruce marcaban luz roja pero parpadeaban simbolizando fuera de servicio,
aquella calle estaba vacía sin gente ni carros. Siguió avanzado para dirigirse
al crucero y ver más allá, al hacerlo, tomó unos segundos para que su visión
quedara en un negro perfecto de cero visibilidad, después de eso se encontró en
otro escenario: era otra calle diferente pero también la conocía, una sensación
mezclada de pánico, nervio, incertidumbre y asombro lo invadieron ya que ante
sus ojos se presentaba ante el edificio donde vivió en su niñez.
- No puede ser, replicó.
Estupefacto, avanzó hacia el
zaguán, toda la fachada del edificio era de color azul rey, sin embargo el
cielo pintaba todo de color rojo marrón como en el primer escenario de la
explanada, y aunque todo prevalecía con ése color se podía hacer una pequeña
distinción de otros colores. Caminó hacia la entrada del edificio y como por
inercia dirigió su mano derecha hacia una de sus bolsas traseras del pantalón
encontrando una llave, la misma llave que parte de su infancia y adolescencia
cargaba, la misma que él sabía que le permitía abrir el zaguán y así fue, entró
al inmueble y cual déjà vu supo lo que vería frente de sí: un pequeño patio
cuadrado colocado entre dos puertas de dos departamentos y cruzando este
espacio se encontraban unas escaleras, las mismas que por 25 años cruzó, las
subió y se dirigió a la derecha y ahí estaba, el departamento que si
inconsciente nunca le dejaría de olvidar pero esta vez no era como “llegar a casa”; las ventanas estaban
amarradas con un lazo hecho de estambre, pero eso no era lo que llamaba la
atención sino que aun cuando podía verse el interior a través de las ventanas
no era así, las ventanas reflejaban un negro intenso que no daba oportunidad de
ver siquiera imaginar el interior.
La puerta principal se abrió
desde adentro por sí sola en respuesta de invitación para entrar y así fue.
Cruzando la entrada del departamento la puerta se cerró lentamente sin que se
pudiera detener tal hecho, posterior a ello, las luces se encendieron y la
atmosfera roja se fue; en el lugar no se encontraba nadie.
En lo que era la sala había dos
sillones, un librero estaba detrás de uno de ellos, mientras que el otro sillón
estaba pegado a la pared y frente a éste había un mueble con un estéreo, debajo
de él muchos discos de acetato, casettes y discos compactos, se agachó para
verlos mejor, aquellos objetos le trajeron tantos recuerdos equivalentes a la
fuerza de un golpe que le hayan dado sin importar la parte del cuerpo que lo
recibiera. Las demás áreas de aquél lugar ya las conocía: la cocina, el
comedor, el baño, la recámara; algo fue lo que llamó la atención de todo, que
las cosas que eran suyas de aquellas etapas de su vida estaban ahí: los libros,
juguetes que se resistió a deshacerse de ellos, útiles que pudo recuperar y se
salvaron después de tantos años, notas de apuntes varios, como si supieran que
el dueño de todos esos artículos estuviera por arribar. No bastando eso escuchó
un ruido que lo hizo voltear hacia mesa del comedor, sobre esta había una hoja
con una pluma y en ella había una nota con un número:
20
Después de leer la hoja vino un
relámpago que movió todo, contra su voluntad los ojos se le cerraron, al
abrirlos encontró con que se encontraba en la calle, desorientado intentó
reaccionar ubicándose: estaba en el mismo departamento pero acostado en la recámara,
reaccionó y pudo percibir de primera mano que todo tenía su color: el día era
día, con su sol y cielo azul mientras que lo demás podía verse sin aquél tono
rojo marrón, se levantó y se dirigió al baño, frente al lavabo estaba el espejo
del botiquín y pudo ver su rostro.
- Qué demon… ¡No soy yo!, ¿qué
carajos está pasando?, replicó.
Había cambiado totalmente, poseía
una barba pronunciada, aparentemente su rostro presentaba ligeras marcas de arrugas,
el cabello estaba algo largo sumándole más años de los que ya aparentaba y no
bastando eso se pudo percatar que estando en ése cuerpo sólo podía ver a traés
de su ojo izquierdo, el derecho estaba sellado bajo una cicatriz que le
recorría desde su ceja atravesando su pómulo y terminando a la altura de su boca.
- Al menos tengo los brazos y
piernas, se dijo.
Escuchó ruidos cerca de la sala y
salió disparado del baño a ver quién era; no había absolutamente nadie, el
departamento estaba libre de gente, sin embargo, pudo ver que algo se
encontraba sobre la mesa: era la misma
hoja que había leído antes pero con otra anotación:
1020
De momento no supo exactamente
qué significaba, lo que lo sorprendió fue que aunado al cambio físico y los
indicios que encontró vislumbró muy poco. Decidió salir de aquél departamento
pero antes de eso vio un libro que llamo su atención sobre el librero.
- Lo conozco, exclamó.
Después de tomarlo, cerró la
puerta detrás de sí, los apartamentos aledaños no parecían reflejar alguna
actividad con gente en sus interiores.
Salió a la calle y la sorpresa
fue que parecía un día normal y común como los demás, empero, pudo darse cuenta
de que no era del todo así: las personas caminaban de una manera robótica, no natural como si fuera un
mundo de maqueta, sin embargo pudo fijarse por alguna extraña razón que debía
de buscar a alguien pero no sabía exactamente a quién. Se dirigió hacia la
esquina del cruce de la calle, pudo fijarse en el letrero tenía el nombre de Lisboa. Si saber qué hacer se acercó a
un puesto de periódicos y ahí pudo despejar gran parte de lo que le sucedía:
los diarios estaban marcados con fecha tres de octubre de dos mil diez.
- ¿Qué carajos significa esto?,
se dijo.
Sintió algo en sus bolsillos del
pantalón, en el derecho era su cartera, pero la que había usado hace diez años
atrás y en el izquierdo llevaba un dado de color rojo. Quedando asombrado vio
el interior de su cartera: había unos cuantos billetes de baja y media
denominación, comprobantes de pago hechos en banco, tarjetas de librerías y
números telefónicos de amigos que les había perdido el rastro; en ese momento
comprendió que después de las huellas de aquél sueño tan extraño del mundo rojo, por fin pudo comprender a quien
estaba buscando y el porqué de las notas (20
y 1020).
(Se dice que en el mundo de los sueños
todo aquello que visualizas no siempre tiene el sentido literal y preciso de lo
que se ve y sueña).
El punto medular era saber por
dónde empezar, así que con base a las pistas que tenía comenzó la búsqueda y
supo por dónde comenzar, así que se dirigió al sur, en el camino hizo escala en
una pequeña tienda donde vendían, entre otras cosas, sombreros y chaquetas de
cuero, se hizo de uno de cada uno y continuó el viaje. Después de tomar un
autobús que lo dejara cerca de la estación de trenes del sur pudo verlo a lo
lejos, ahí estaba, platicando con otras personas, cuando el individuo que
buscaba se desocupó pudo acercarse a él.
- ¿Tú eres Adrián? Preguntó el
sujeto con barba.
- ¿Lo conozco?, replicó el joven.
- No. La persona que me mandó sí
pero no quiso decirme su nombre, sólo soy un mensajero.
- Dígame, ¿en qué le puedo
ayudar?
- Ya me has ayudado bastante, con
encontrarte en esta inmensa ciudad; como te decía, la persona que me envío me
pidió que te entregara esto.
El joven contempló lo que se le
entregaba, era un sobre color manila, cerrado con algo dentro.
- ¿Sabe usted qué es?
- No, sólo se me dio la
instrucción precisa de que se te fuera entregado, el servicio de mensajería ya
fue cubierto.
- Entiendo, respondió el joven.
Antes de retirarse el señor miró
fijamente al joven y le hablo:
- La persona que manda el paquete
te estima y me hizo saber cosas de ti, y si me permites decirte, en tu camino
habrá circunstancias, hechos y personas con las que te encontrarás donde la forma
de salir antes esas situaciones es no quedarse, por favor, sal de ahí.
- ¿Cómo sabré cuándo sea el
momento de hacerlo?, preguntó el joven.
- El propio tiempo y tu razón te
lo irán marcando, sólo no lo olvides.
El joven miró fijamente a aquella
persona que tenía frente de sí y en el fondo sabía que por alguna extraña razón
lo conocía, que debajo de esa barba y
cicatriz que le marcaba medio rostro había algo más pero en el fondo no tenía
forma de comprobarlo.
- ¡Ah, y se me olvidaba! No está
mal por como piensas, nunca permitas que cambien tu esencia, después de que
leas ése libro me entenderás de lo que hablo, cuídate muchacho, dijo el varón
del sombrero.
El joven quedó reflexivo después
de tales palabras y cuando alzó la mirada, el noble había tomado el tren que lo
llevaba de regreso al centro de la ciudad, tomó el sobre y lo abrió, dentro de
este había un libro que llevaba por título El
Extranjero.
Estando en el tren, el varón
quedó muy pensativo después de lo ocurrido.
- No podía ser de otra manera, de
hacerlo diferente pude haber alterado más su camino, mi pasado no será su
presente y mi presente no existirá en su futuro, es mejor así.
El tren lo regresó al origen, a
aquel lugar de su infancia y de su niñez, donde el varón que se convirtió en el
viajero de sí mismo supo que cambió el curso de su propia historia. Cruzando la
puerta de aquél apartamento que lo vio crecer quedó más reflexivo que en un
principio, se acercó a la cocina, sacó de la alacena un vaso de cristal y tomó
agua, desplegó una silla del comedor y se sentó, empezó a escribir lo que no
pudo decirle a su yo del pasado para no alterar más su tiempo.
- Espero haber hecho lo correcto,
se dijo el viajero.
Por inercia sacó el dado y lo
puso a girar sobre la mesa quedando éste sobre uno de sus vértices, al darse
cuenta de que tras minutos transcurridos continuaba girando, pensó que todo era
un sueño y como de ése mundo él desconocía de sus reglas, tomó papel y pluma y
escribió todo aquello que no pudo decirle a su yo de nueve años atrás, y para
finiquitar con el sueño, pensó que debía terminarlo como lo comenzó, es decir,
durmiendo. Se dirigió a la recámara, se recostó entrando al letargo inicial,
cuando despertó reaccionó en su sillón teniendo la radio de fondo era the girl from Ipanema en voz de Frank
Sinatra, tras aquella somnolencia profunda tardó en reaccionar, se levantó y se
dirigió a la cocina para poner más agua en la tetera, volvió a acomodarse en el
sillón pero sintió que un objeto le enterraba en su pierna, lo sacó de su
bolsillo, era un dado rojo, el mismo con el que había entrado al mundo donde no
transcurre el tiempo de manera normal, preguntándose si fue real, lo extraño es
que hasta antes de adentrarse al letargo el viajero no tenía ningún dado
consigo…


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