Expiación, por Arturo Aguilar
Expiación
Otro día más, no sé qué hora es.
Me despabilo un poco y como un reflejo me asomó por la ventana. El cielo
plomizo aseguraba la lluvia, abajo la tierra se veía húmeda y comprimida. Me
vuelvo a recostar para ver las vigas de madera y me llevo las manos al rostro: La cuenta regresiva
había comenzado, faltaba una semana para llevar al altar a Mercedes la hija de
don Andrés quien había dedicado gran
parte de su vida a la producción y distribución de telas. El único muchacho que tenía medianamente una
oportunidad con su hija según su esposa era el hijo del bonachón Raúl: Pablito.
Mi padre era dueño de una
carnicería y estábamos cerca de la expansión; como era de esperarse yo tendría
que seguir los pasos de mi padre, aunque en los últimos días me he dedicado más
a la administración, por aquello de la imagen que tenía que representar antes
de ser el yerno predilecto y estar al frente de los negocios.
Don Andrés ya había dado al
sastre la mejor tela de lana para que me hiciera un buen traje, pues el yerno
no podía aparecer con la ropa llena de sangre. Mientras que a Mercedes la
habían mandado con su madre a la ciudad de México a armarse un buen ajuar y por
supuesto buscar un vestido acorde a su abolengo. Es fácil perderse en vacilaciones me he encontrado pensando algunas
veces cuando he acompañado a don Andrés para aprender del negocio.
Intento quedarme un rato más recostado pero una señal de
alerta en mi cabeza me ha convencido de levantarme, no podía dejar solo a don
Andrés esperando a Doña Soledad y a
Mercedes. Así que trato de vestirme lo más rápido posible y justo antes de que el
conductor del carruaje tocase mi puerta la he abierto. Don Andrés salió del
carruaje para saludarme afanosamente y darme un abrazo ¡Hijo!, la espera ha terminado. Seguro que ninguno reconocerá a las damas Guiñando el ojo me guío con su brazo izquierdo
hacia el interior del carruaje. Apenas se escuchó el portazo el caballo camino
cadenciosamente sobre la tierra.
La gente apenas comenzaba su
ritmo normal, las campanas de la misa de siete estaban resonando. A lo lejos vi
a Lourdes con quien hace unos años atrás me iba casar, pero su madre le
encontró un mejor postor antes de que eso sucediera; algunas veces cuando la
veo, he sentido un poco de celos al
sentirme desplazado y no saber qué sucedería entre nosotros. Aunque me gusta
más pensar en eso de la vida trazada y los caminos de Dios.
Lourdes me ha regalado un saludo
y yo solo le lanzo una sonrisa. El camino hasta el puente que divide al pueblo
con la nada, ha sido en silencio. Lo único que se escuchaba era la respiración
jadeante de don Andrés. Apenas descendimos del coche, a lo lejos se podía ver
otro carruaje proveniente del bosque con
un equipaje conocido por nosotros. Apenas cruzaron el puente Mercedes bajo del
carro y resbalándose me ha besado. Diciéndome Te he extrañado tanto amado mío, tengo tantas cosas que organizar y
sobre todo que contarte acariciando
mi melena abundante me he perdido en esos ojos verdes que advertían muchas
dudas para mi alma y sobretodo no sabía si estaba haciendo lo correcto.
Doña Soledad me ha ayudado
diciendo, ¡Hola, Hijo! ¿Qué acaso no me
reconoces? Le he dedicado una
sonrisa acompañado con un abrazo. Sin mucho ánimo en el camino de regreso les
cedimos las palabras para entablar la conversación. Afortunadamente no íbamos de
regreso a la ciudad de México, porque si de algo estoy seguro es que me tiro
del carruaje antes continuar con la plática tan irrelevante. Apenas hemos
llegado a casa me he despedido lo más pronto posible para ir al negocio de
papá, me he puesto la ropa de trabajo y el alma me ha regresado.
Durante la jornada laboral he
visto a mi padre mirándome detenidamente, viendo como trabajaba más
afanosamente que otros días. Parece que
hoy Mercedes te ha dado más que un abrazo, creo que definitivamente he perdido
a mi hijo lanzó don Raúl a quema ropa, mientras le colocaba sal ahumada una
pierna de cerdo. No te preocupes padre,
parece que Pablito se está echando para atrás mientras que la mujer de los
ojos cafés que esperaba la pierna le obsequiaba una sonrisa coqueta. Pablo
entregaría la pierna y la jornada terminaría limpiando el negocio afanosamente
para evitar los malos olores a putrefacción.
Al llegar a casa Pablo se sintió
tan cansado que decidió irse a mirar las vigas, unas confidentes de lo más
leales pues no se les salía ni un comentario. Se tiró sobre la cama, cerrando
los ojos y antes de poder si quiera decir una palabra se quedó dormido.
Todo estaba oscuro, a lo lejos se
veía una pequeña luz proveniente de la cocina. Era Mercedes que traía en las
manos un plato cubierto con un pañuelo. Esposo
mío, ahora que lo eres. Soy la mujer más feliz del mundo, sé que ansiabas
muchísimo este momento…. Así que tómalo
es todo tuyo mientras Mercedes quitaba el pañuelo que cubría el plato.
Pablo le dirigió una mirada a Mercedes y pudo notar en sus ojos verdes un rasgo
de maldad combinada con cinismo. Anda, come de la manzana le animaba Mercedes. Apenas tomó la manzana con las manos estas se
le llenaron de sangre mientras Mercedes reía a carcajadas. El sonido ambiente
de aquella risa fuerte lo despertaría.
Pablo sentía frío, claramente la
madrugada lo había sorprendido. El sonido de la lluvia lo invito a echar una
mirada por la ventana, el vaho se pegaba al vidrio y se empezaban a notar las
gotas de lluvia en el cristal descendiendo, cuando limpió con el puño para ver
el exterior. Ahí estaba Mercedes bailando extasiada bajo la lluvia, un grupo de
mujeres con túnicas cafés le precedían. Pablo se tallo los ojos para tratar de
enfocar mejor su mirada. En efecto era Mercedes.
Se puso lo que encontró para
cubrirse y bajo las escaleras lo más pronto posible, la lluvia había aumentado
su intensidad. Ya no se podían ver las huellas sobre la tierra, así que siguió
las risas ahogadas por momentos. Sin saber muy bien a donde iba, corrió hacia
el puente. Hay llegar ahí pudo notar las risas se perdían en el bosque. Sin dudarlo corrió hacia el camino trazado por
los carruajes. Las voces lo condujeron a internarse en el bosque, corriendo hacia la nada los
susurros lo condujeron hasta el pantano. Entonces apareció frente a él una
bella mujer de tez blanca y pelo rojizo. Yo
no sé nada de ti Pablo, pero tienes un buen corazón. Esta es la última vez que
me podrás ver a los ojos. ¡Suerte con lo que vendrá!
La mujer se alejó lentamente del
lugar, Pablo trato de moverse pero algo se lo impedía. Pasaron las horas y
nadie apareció, la lluvia cesó y con ello los primeros rayos de luz. Las voces
se escuchaban cerca, Pablo gritaba pero nadie respondió al llamado. Hasta que un joven lo escucho, tiraría la leña que había recogido y fue a pedir ayuda para sacar a Pablo de las
arenas movedizas. Muy entumido Pablo salió de aquel lugar con la ayuda de aquél
chico, al cual nunca había visto. ¿A dónde me conduces chico? Al
pueblo más cercano, debo decirle que
esta de suerte nadie viene por estos lugares de no ser porque tenemos negocios
con don Andrés el que vende las telas. Pablo pensativo dijo Vaya que el viejo la armado grande. El
chico solo dio una sonrisa.
Al cruzar el puente Pablo se dirigió
a casa y su padre preocupado le pregunto ¿Qué te ha pasado? Nada padre, solo he dado un paseo de bajo de
la lluvia, el padre incrédulo lo observo fijamente a los ojos y moviendo la
cabeza se alejó. Ese día Pablo no pudo
dejar de pensar en aquella mujer que lo amenazo en medio de la nada, mientras él se hundía en las arenas movedizas.
Mercedes se encontraba en casa pues el al día siguiente la fue visitar, para
preguntarle al respecto pero ella solo quería besarlo y abrazarlo. Pablo no
entendía nada de lo que estaba sucediendo, quizás solo había sido un mal sueño
y como parte de ello se había alejado de su casa inconscientemente.
Así se le escurrieron sus días de
soltería pensando en lo pudo haber sucedido y que fue todo eso que
aconteció. El día tan esperado había
llegado se había levantado más temprano que de costumbre y salió a dar un paseo
a los alrededores del puente, tratando de tomar una decisión y saber si en verdad debería casarse con
Mercedes. Regreso a casa sin una respuesta, su padre ya estaba listo lo
esperaba para darle la bendición y acompañarlo a su destino. Pablo se
arreglaría y saldrían antes de lo esperado, las manos le sudaban a Pablo, los
invitados lo felicitaban como si supieran que era la última vez que verían a
Pablo como era hasta ese día. No hay fecha que no se llegué ni acontecimiento que
deba postergarse. Las campanas resonaron, el sacerdote salió y la novia no
estaba. Esperaron un tiempo hasta que llegó don Andrés jadeante diciendo La boda se suspende Mercedes no aparece.


Y que paso con Mercedes, donde está? Volverá?? Esta historia continuará ??
ResponderBorrar