Expiación parte II por Arturo Aguilar







II


 “El que calla, otorga…”

Ese día Pablo se quedó petrificado al escuchar lo que don Andrés había dicho La boda se suspende Mercedes no aparece.  Los invitados soltaron un suspiro de lo más profundo de su ser, algunos se amontonaron frente a Pablo para intentar dar sus condolencias por lo que venía inauditamente, el duelo. Por si seguía viva pero ya no se quería casar con él o por si Mercedes nunca más volvería a aparecer. El vio entre la multitud que giraba a su alrededor, a la chica blanca con melena roja merodeando el lugar. Estaba diferente, portaba un vestido en tonos pastel y un tocado en el cabello, dedicándole una sonrisa se fue alejando una vez más.

La gente poco a poco se fue diluyendo entre las calles aledañas a la iglesia y Pablo solo se quedó con su padre. La emoción lo había dejado sin fuerzas y  don Raúl no le quitaba los ojos a Pablo quien no tenía un gesto de sorpresa, ni de molestia. Don Raúl fue en primero en hablar Ahora solo quedamos tu y yo, vámonos a casa ya no hay nada que hacer Pablo salió de sus cavilaciones y empezó a caminar a la salida. Al cruzar la puerta que dividía el patio de la iglesia con la calle, Pablo se dobló para devolver una materia gelatinosa verde. Las arcadas de aíre eran fuertes, parecía que Pablo se ahogaba con su propio fluido, a su padre lo único que se le ocurrió fue darle unas cuantas palmadas en la espalda. Pablo levantó una mano en señal de que todo estaba bien y se incorporó lentamente, don Raúl saco un pañuelo del bolsillo de su pantalón y se lo ofreció. Pablo se quitó los restos de materia verde que le habían quedado en las comisuras y continuaron caminando.  Bajaron tres cuadras en línea recta y al girar a la derecha Pablo se desplomaría sin razón alguna.

Ahí estaba Pablo en la oscuridad y el silencio, la sonrisa de Mercedes  en eco al poco tiempo inundo el lugar. Sorprendido giró sobre sí mismo esperando el ataque de algún lado, pero solo estaba él con su corazón a todo galope. Nuevamente apareció  la voz de Mercedes gesticulando lentamente ven, Pablo miró en todas direcciones y ahí estaba una pequeña luz a la que se fue acercando lentamente, la cual con cada paso que daba un paisaje se iba dibujando frente a sus ojos. El sonido de la lluvia era algo conocido para él, la luz de un rayo lo freno de golpe. No hizo falta girar para saber que se encontraba en su cuarto.

 Observándose a sí mismo parado frente a la ventana, vio a su cuerpo agilizarse para tomar algo que ponerse y sin pensarlo fue tras de sí como una sombra.  El olor a tierra le daba mucha veracidad a lo que acontecía, ¿Será acaso que ya me morí? Pensó. El cuerpo de Pablo se encontraba cerca de cruzar el puente. Entonces recordó que ahora era la sombra y corrió detrás de sí. Al cruzar el puente sentiría una extraña sensación, era como si una electricidad le hubiera entrado por los hombros. ¿Era acaso una advertencia? Ni él lo pudo asegurar, nuevamente se encontró muchos metros atrás, así que decidió apresurar el paso y preso de la duda se internó en el bosque.

Camino lentamente tratando de seguir el rastro, para cuando los tuvo frente a él, la escena de su cuerpo petrificado frente a la extraña mujer pelirroja se reproducía; la conversación estaba a punto de terminar, lo miraría a lo lejos en los gestos de la mujer. Pablo vio como ella se alejaba, el sentimiento lo embargaba pero igual no podía hacer mucho. Por otra parte sabía que era muy tarde para regresar, así que continuo siguiendo a la mujer que  zigzagueaba entre los árboles rápidamente. La seguía con su respectiva distancia entre la vegetación y ramas que apenas le permitían seguir el paso.  La mujer desaceleraría su andar, miraría a hacia atrás y a los lados para después desprenderse de la túnica café  dejando caer su melena sobre su piel blanca y cadenciosamente continúo caminando adentrándose en el bosque. El silencio absoluto entre los árboles era algo muy extraño pues Pablo podía escuchar a su  corazón palpitante.

Una voz diferente a la que recordaba de aquella mujer  comenzó unos extraños canticos, que lejanamente tenían respuestas procedentes del lugar a donde se dirigían. Estupefacto Pablo se acercó más a la mujer  como si fuera ahora la sombra de está, con intención de saber de dónde vendrían esas voces, pronto se encontrarían con un lugar despejado de árboles con una  fogata en el centro; a un costado del lado derecho se podía ver una choza pequeña y vieja de donde saldría una mujer de edad avanzada.

Las otras mujeres del grupo aparecerían de entre los arboles haciendo cánticos mientras se desprendían de sus túnicas. Poco a poco se fueron acercando a la  fogata que incrementaba su llamarada  a cada paso dado por las mujeres. La mujer de edad avanzada  caminó hacia la  fogata y las mujeres hicieron un círculo alrededor de la fogata tomándose de las manos. 

Mercedes aparecería a un lado de Pablo totalmente  hipnotizada. Lentamente se soltaría el cabello que llevaba recogido esa mañana a su regreso de la ciudad de México, se desprendería de su ropa y se acercaría a la viejecilla que la esperaba con la palma abierta muy cerca de la fogata; a las espaldas de la anciana las mujeres se pusieron en movimiento alrededor del fuego. Mercedes como una niña que se acerca a lo desconocido regalaría una mirada a la nada y se pondría frente a la anciana. Aquella mujer tenía un objeto negro y vibrante en su mano, Mercedes lo tomaría con ambas manos y le daría una buena mordida que le dejaría un hilo leve rojo sobre su  barbilla.

Las mujeres dieron un grito unísono de aprobación y comenzaron a levitar sin perder ritmo, mientras  que la anciana se acercaba lentamente a Pablo que trato de huir, pero los esfuerzos fueron en vano. En ese momento pensó que la vida se evaporaba; aquella viejecilla se quitaría la capucha que traía encima y tomaría a Pablo por los brazos para acercarlo a su rostro y decirle Está es la única que vez que miraras mis ojos. Pablo no pudo contener su duda y miró el rostro arrugado de aquella mujer carente de cuencas.

Pablo despertaría de aquél letargo después de una semana de estar postrado en su cama, sudaba frio y la pesadilla lo había dejado con la boca seca. Trato de llamar a su padre pero no hizo falta, pues Don Raúl había dormido las últimas noches en una silla cerca de Pablo. Al ver los esfuerzos que Pablo hacía para incorporarse Don Raúl  corrió en su auxilio Pero que te pasa Pablo, ha venido el medico a verte y me ha dicho que posiblemente te han envenenado. Es necesario que mantengas reposo al menos por unos cuantos días más. Pablo se tranquilizó, en aquel momento pensó en contarle todo lo que había ocurrido pero Don Raúl no le permitió emitir ningún sonido.

Pablo se recuperaría como lo había dicho el medico al cumplir los diez días de reposo total mientras que don Andrés estaba muy al pendiente de su yerno por aquello de morir repentinamente, por otra parte doña Soledad mostraba su angustia como si ella supiera que Mercedes se había escapado con otro y le mimaba con algunos obsequios. Los días en el negocio de Don Raúl eran muy raros pues todas las clientas mostraban su pesar por la pérdida que había sufrido Pablo, pero también se sentían motivadas a dejar de vez en cuando un regalito para  el muchacho dejado en el altar que iban desde el pan de elote hasta unas cenas organizadas a la luz de la luna.

La soledad pronto aislaría a Pablo de todo aquel entorno pues él sabía una verdad innegable que no podía contarle a nadie. Al menos no por ahora, antes había que visitar aquella choza en medio del bosque, pero ¿quién lo acompañaría?  Su respuesta la obtendría al mes justamente de la fecha del día del matrimonio, los comerciantes venían a visitar a don Andrés para surtirse de telas se aglutinaban y ahí estaba aquel muchacho que le ayudaría a salir. ¡Qué tal joven Pablo! Parece que usted ha visto a la muerte  Don Andrés jadeante  se acercó diciendo Pero hombre, no le digas eso que seguro nos la cumple  Pablo le estrecharía la mano a ambos personajes y le hablo en privado al chico.
¿Crees que podrías llevarme al lugar de las arenas movedizas? Del dinero no te preocupes, solo necesito a alguien que me acompañe. El joven miró largamente a Pablo a los ojos mirando su incertidumbre Claro que lo llevaría, pero no podemos hacer el viaje hoy puesto que tengo que entregar las telas en el pueblo de San Sebastián. Si quiere regreso la siguiente semana y recorremos todo el bosque.

Doña Soledad los interrumpiría abruptamente al preguntarle al chico por una carta del delegado Rangel. Aaaa claro señora lo había olvidado por completo, disculpe usted. El chico entregaría un sobre blanco con la carta y  doña Soledad le haría un guiño a Pablo.
Pablo regresaría rápidamente a la conversación y le diría al chico.  Ambos sabemos que el viaje a San Sebastián es largo es de uno a dos días en caballo. Aún es temprano, ¿Qué te parece si lo hacemos hoy y evitamos que regreses la siguiente semana?  El chico vio en los ojos de Pablo desesperación y Pablo miraría el miedo en los ojos del chico. Si realizamos el viaje tendrá que pagar el doble ¿está de acuerdo?  Pablo asentiría con la cabeza y cerrarían el trato con la mano. El chico le diría Lo veo al medio día, traiga comida y algún abrigo… le hará falta.

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