Día cero
por Arturo Aguilar
Eran las seis de la mañana; Nicolás encendió un cigarrillo mientras, Eduardo Martínez prendía la radio: se esperan fuertes precipitaciones en la ciudad de México tome sus precauciones, la temperatura máxima será de 28 grados , la mínima será de 20.
Espero que no se tarde tanto en salir ese cabrón que ya me duelen las nalgas comentó Eduardo mientras se movía impaciente. Nicolás ni parpadeaba mirando fijamente la puerta negra marcada con el número sesenta y tres en color blanco; escrito con la caligrafía más pinche y la brocha mas delgada que encontraron. El sol se empezaba a asomar y Eduardo ya bostezaba a ratos. Su desesperación le invitó a pedirle un cigarro a Nicolás que miraba el retrovisor, sacó uno y lo encendió con la resistencia del Malibú.
Atentó Lalito que ya llegaron las Cenicientas dijo Nicolás que parecía relajarse ante la inminente persecución. La Suburban blindada iba haciendo su entrada triunfal, lentamente se posó delante de la puerta negra. Las ratas bajaron sincronizadas de la camioneta e ingresaron al número sesenta y tres. El contacto paso por detrás de la camioneta y le hizo una seña a Nicolás con los dedos marcando primero un dos y luego la palma abierta. Están forrados los hijos de la chingada dijo Martínez entre dientes.
La camioneta continuó deslizándose suavemente y se detuvo frente una miscelánea que estaba en la esquina próxima, de la cual salieron tres hombres con armas largas y uno más salió de la barbería que se encontraba justo a contra esquina. El “Chapa” se subió a la camioneta no sin antes espejear en todas direcciones.
La camioneta se arrancó y Nicolás encendió el Malibú. Movió la palanca detrás del volante a drive y tiró la colilla del cigarrillo por la ventana.
La güera era la bailarina exótica más cotizada de la zona rosa y sus anexos, llegada desde Venezuela por un marido mexicano que no pudo darle la vida que ella se merecía. Además sus ambiciones eran muy diferentes a las que tenía aquél joven iluso que se imaginó que lo seguía por amor como el le pregonaría durante toda su estancia en Caracas.
Deshacerse del marido una vez que llegaron a México fue más fácil de lo que imaginó. Bastaron unas cuantas semanas para que al dichoso marido se fuera a comprar cigarros para nunca regresar, pues las deudas por comprarle todo a Melania lo tenían contra las cuerdas. El plan de Melania ya estaba trazado desde que conoció la manera en la que podía salir de su país; la forma de ganarse la vida estaba en sus caderas y no en su corazón como el mismo se lo había dicho.
Con el ajuar proporcionado por el amante fugaz, una sonrisa en los labios y unos ojos como puntas de un meteoro. Fue a buscar trabajo en el centro nocturno de más renombre de la Cuauhtémoc y con solo verla la administradora aseguró que tanto verde en esos ojos advertía… mucho éxito y le sonrío la señora.
Pronto se haría amiga de las demás bailarinas del lugar pues prácticamente estaba repleta de mujeres exuberantes de centro América. El presentador era un joven de la costa de Veracruz y éste le pidió que cambiara su nombre por uno que el pudiera decir más lentamente pues Melania era prácticamente un albur. Ella hizo un gesto de no sé de qué hablas, el joven indignado movió los brazos y con las palmas al cielo le diciéndole: por dioj hija un nombre artijtico.
Melania no supo cuál sería un buen nombre para presentarla y ante la insistencia del chico el le bautizó como: Dubraska. A ella no le importaba el nombre, al final lo que ella necesitaba era el medio con el que pudiera comprarse lo mejor en ropa, alhajas y por su puesto la casa de sus sueños, además de traer a vivir a México a sus padres pues las condiciones de su país de origen no eran favorables.
La primera vez que salió a la pista de baile se sintió como pez en el agua, el ver aquellos hombres boquear por ella le daba confianza. Al poco rato ella se hizo de sus propios clientes y de sus amantes adinerados con los pronto ganaría fama y plata.
El día que conoció a Nico “el duro" fue circunstancial; Nicolás García había adquirido el mote porque había sacado a patadas a unos mafiosos de la región. En aquella ocasión Nico estaba investigando el asesinato de unos chinos que distribuían opio en la ciudad. Los habían dejado colgados de un faro de baja estatura cerca de Jardín Pushkin.
Las respuestas a todas las preguntas en torno al caso lo llevaron a aquel lugar. En el que una noche lluvia, Nicolás cavilaba alrededor de las nueve de la noche bajo una marquesina. Observaba como los “viene, viene” eran los peces pequeños de aquellos rincones que por una ganancia mínima se exponían a ser interrogados y golpeados. Mientras Nicolás fumaba, la güera caminaba con su paraguas bajo la lluvia. Se acercó a un puestesillo que estaba afuera del congal y compró algunas cosas, para seguir de largo en el camino. Nico entraría al lugar y pediría un whisky sin soda. Al poco rato apareció la mujer del paraguas para decirle a mi me gusta con agua mineral…
Nicolás dubitativo hizo una mueca de canalla trasnochado y soltó la pregunta ¿Y qué hace una señorita como usted aquí? Su ropa y su porte no van con estos lugares…
Melania le regaló una sonrisa y le contestó vengo y me siento en está mesa de vez en cuando para aprender algo nuevo. El duro le hizo una seña con la mano y aquella mujer se sentó frente a él y sacó de su bolsa un cigarrillo delgado de una caja metálica. Mientras Nico le pedía al mesero agua mineral.
En la primera calada Melania le preguntó ¿Alguien te ha quedado mal? Ó ¿Acaso estas muy aburrido para quedarte en casa?... Con una sonrisa en los labios Nicolás miró aquellos ojos verdes sin decir ni una palabra.
Melania se presentó y a Nicolás se le había presentado algo que nunca vio en ninguna otra mujer: una razón para estar vivo. Ambos se esmeraron tanto en contar lo que no había sucedido, asegurando que era prácticamente un error no haberse conocido antes. Fue la prisa de los besos que los llevo al hotel de paso que estaba a unas cuadras del lugar.
Para cuando despertó Nicolás la chica ya no estaba. Había dejado una nota con una cita en una semana a la misma hora y en el mismo lugar. Y así fue que semana con semana Nicolás fue conociendo más capítulos de Melania. Una tarde desolada de otoño Melania desapareció sin más, Nicolás se bebió toda la botella esa noche. Quizás sólo era un mal día, pero nunca vio venir lo que el perro del vecino sí pudo deslumbrar en la madrugada mientras le ladraba a rabiar a la luna. Nicolás tenía un mal presagio y no podía dormir.
Para cuando pudo conciliar el sueño. Recibió una llamada a las seis de la mañana; Eduardo al teléfono: Nico, hay un asesinato pasional en la condesa, una mujer mutilada y un hombre cercenado de sus partes nobles y degollado… pasó por ti en veinte minutos.
Nicolás se dio un regaderazo, se puso su pantalón, playera y chamarra de cuero negro; se engominó el cabello y salió. Eduardo ya lo esperaba en el Grand Marquis. Con un café expresso. Que carita traes Nico, parece que ayer se te pasaron las cucharadas y se arrancó Eduardo.
Llegaron al lugar y todo estaba acordonado, eran los primeros en llegar. Al parecer había avisado un niño al que seguramente se le pagó por hacer la llamada a la policía. Nicolás se identificó y Eduardo lo seguía como una sombra. La puerta no se veía forzada y en la sala no se veía nada fuera de lugar mas que las zapatillas y los zapatos de las víctimas, claro estaba, Eduardo subió primero. Mientras que Nicolás le daba un vistazo a la cocina: mucho lujo para alguien que seguramente no cocina pensó Nicolás al ver impecablemente limpio el lugar.
Eduardo llamó a Nicolás ¡No vas a creer lo que paso aquí! Nicolás subió a toda velocidad las escaleras. Primero vio al hombre tirado cerca de la cama, le habían cortado el miembro con una navaja, para después decapitarlo, como ha de tener la sangre fría el cabrón que aún se le veía el rostro de miedo en la cara. Sobre la cama se encontraba la mujer a la que le mutilaron un seno, le habían alargado la sonrisa con la navaja y el cuerpo se encontraba lleno de moretones. Nicolás reconoció el peculiar aroma de Melania, chanel diecinueve había dicho en alguna ocasión. Nicolás sintió la intención de tocar el cuerpo, pero los peritos y el forense habían aparecido. Únicamente salió con la cara de espanto y salió de la escena del crimen. Degradado salió de la casa y tomó su lugar de copiloto en el Grand Marquis, encendería la radio… y ahí estaba esa voz de Eddie Vedder entonando black.


Comentarios
Publicar un comentario