Naturaleza perdida- Por Arturo Aguilar
Naturaleza Perdida
Esta historia es de principios de
los años ochenta, por aquellos días yo trabajaba en una imprenta en donde las
hojas de contabilidad, formatos del SAT y las notas de remisión se convirtieron
en parte de mi vida. Los horarios no estaban
definidos, había ocasiones en los que no salía hasta después de cumplir las
cuarenta y ocho horas de trabajo con mis respectivos descansos de dos horas.
Afortunadamente para mí, la casa de mis padres estaba a unas escasas cinco
cuadras de la imprenta. Los años fueron pasando y cada vez estaba más tiempo en
aquel lugar, prácticamente era mi segunda casa, ahí fue donde un día como
cualquier otro conocí a la sobrina del dueño y entre tarimas en la media noche
vivía mi historia de amor.
Fátima era el nombre de la chica
de provincia que había venido a buscar suerte a la ciudad de México y lo que
vino a encontrar fue a su “perro de
pueblo” como me decía mi suegra. Recuerdo muy bien el día en el que
llegamos a la casa de Don Fausto un hombre corpulento con la piel tostada y los
surcos de la frente bien definidos, su mirada penetrante y los labios
apretados, le daban un aspecto de pocos amigos. Sin embargo, aquel hombre
terminaría por enseñarme bastantes cosas que me servirían ahora que vivo mi
vejez alejado de la ciudad de México. Del otro lado estaba Doña Clarita una
mujer de carácter fuerte, facciones finas y un cuerpo menudo acorde a su
rostro, los gritos se alcanzaban a escuchar hasta la esquina donde se juntaban
los borrachos a jugar baraja, sin duda ella movía las riendas de la casa.
Nervioso por lo que pudiera sucederme en aquel pueblo carente de pavimento,
servicios públicos y energía eléctrica. Únicamente me miraron con los ojos
perplejos y Doña Clara preguntó ¿Pero si
esta bautizado verdad Fátima? Ya lo volteaste al derecho y a revés ¿verdad?
¡Porque después no hay cambios ni trueques señor! Fátima soltó una carcajada al tiempo que sus
padres le daban la espalda. Los hermanos llegarían más tarde al caer la noche, sin
lugar a duda el lugar donde había llegado, jamás lo habría imaginado. La sesión
de preguntas y respuestas no había existido esta vez, únicamente nos sentamos a
la mesa a las ocho de la noche y todos se limitaron a comer a la luz de las
velas y la estufa de leña. La casa era de ladrillo rojo en forma de herradura,
dividida en dos grandes dormitorios: uno correspondía a los hombres y otro para
las mujeres, el dormitorio de los padres de Fátima era la unión al fondo entre
esos dos dormitorios. Irónicamente yo dormí con ellos, no se mal entienda no en
medio de ellos, sino en su habitación en un camastro cerca de la ventana.
Ahí se dormía por muy tarde a las
diez de la noche y se levantaban a las cinco para ir a checar a los animales,
los hermanos de Fátima vendían frutas y legumbres en el mercado del municipio
que estaba a cuarenta minutos a caballo y veinte minutos en auto. Ese primer
día no pude dormir entre los mosquitos y el lamento de la llorona que se
escuchaba a lo lejos, pero yo juraría que me rozaba el oído. Sin pena, ni
gloria Doña Clarita me levantó de un gritó que iba dirigido a Don Fausto que
cargaba su camioneta “La negra Tomasa” con
unas cajas de legumbres y frutas. Me acerqué a ayudarle y me vio con una
sonrisa entre los labios No te dejo
dormir la llorona ¿verdad? De vez en
cuando se escucha, otras veces salen los alicantes debajo de la tierra y pican
a uno que otro cristiano, pero algún día te acostumbraras a esta vida…
Doña Clarita se acercó y sin
decirme nada me dio un jarro de barro con café endulzado con piloncillo. Pues supongo que no te quieres quedar a
perseguir gallinas o ¿sí? E instintivamente me subí en el lugar del
copiloto. Pasamos a dejar las cajas al negocio y los hermanos de Fátima ya nos
esperaban a unos cuantos locales, para que les sirvieran el mole de olla, apenas
iban a dar las seis dijo un señor que limpiaba afanosamente una mesa donde
pondrían el humeante caldo rojo con su elote. Una delicia que estaba acompañada
por tortillas hechas a mano traería ese manjar hasta las cuatro de la tarde, no
sin antes pelearme unos cuantos clientes con la competencia y dar unos kilos de
verdura cuidadosamente pesados a mis ojos. Para la tarde hubo gorditas de maíz quebrado
rellenas por guisos como el chicharrón prensado, queso, bistec con cebolla,
carne de puerco en chile rojo y nopales. Devore nuevamente cuatro gorditas como
si nunca hubiera comido. Con la barriga llena me subí en la parte trasera de la negra Tomasa, acto seguido subieron
cuatro de los hermanos de Fátima mirándome cual presa acorralada, un quinto subiría
en la cabina con su padre. Al arrancar la camioneta estuve a nada de caer de
espaldas y los hermanos rompieron el silencio incómodo con sonrisas unísonas.
El trayecto se acortó mucho más de lo que esperaba, el cielo estrellado nos
acompañaba entre la penumbra de la carretera de camino al pueblo donde vivían.
Al llegar a casa el chillido de
un niño irrumpió, calló la plática plácida sobre la llorona que nos había
visitado la noche anterior. Al niño lo habían encargado pues no era bien visto
en el pueblo que un bebé fuera a velar un muerto, ya que se dice que los niños
y las personas que lo acompañan durante la noche tienden a hacer propio algunas
costumbres malas, enfermedades y mala suerte del difunto. Esa noche fue mucho
más rara que la anterior, la cena estuvo de lujo pues hubo discada en honor al
invitado e hicieron bromas sobre el baile de la novia: que literal tenía que
ser con un guajolote y que algunas veces la fiestas duraban dependiendo los
padrinos hasta una semana. Esa noche reí tanto que nos olvidamos de que el
infante estaba con nosotros pues el dormía como si fuera su único trabajo.
Extrañamente al ir a los dormitorios todo el tiempo me sentí observado, pero en
la oscuridad no había nada que divisar ni tampoco nada que quisiera ser visto.
Esa impaciencia me mantuvo alerta
durante un tiempo, mientras miraba el techo, pues esta vez me había tocado cederle
la cama al bebé y el suelo se había convertido en mi lugar de descanso. Apagaron
la vela y caí en los brazos de Morfeo. El sueño fue algo raro pues me
encontraba en medio del mercado saludando a medio mundo, hasta que alguien
curiosamente me preguntó por dónde se encontraba el baño. Y en ese instante
sentí unas ganas tan repentinas de ir a orinar. Lo pensé mucho para ir, pues
había que cruzar el patío para encontrar la letrina. El oído de la suegra
supersónico la despertó justo cuando di el primer paso ¿A dónde cree que va? Al
baño dije en voz baja ¿y crees que así me
vas a engañar? Vamos yo te acompaño muchachito astuto.
Y así camine hacia la puerta a
tientas supervisado por Doña Clarita, que prendió un quinqué que utilizaban
para ir al baño. En el camino Doña Clarita me tiró una serie de letanías que
iban desde saludos a mi madre, hasta cosas que hablaban sobre el tamaño del
miembro. Un tanto incómodo por estar vigilado ya no solamente tenía ganas de
orinar, ahora tenía ganas de defecar. Traté de hacerlo lo más pronto posible,
pero parecía que mi propio organismo me estaba fallando. Hasta que dijo Doña
Clarita Ay, hijito de mi vida. ¡Apúrate que
ya me dieron ganas de hacer a mí también! Al final tuve que salir sin haber terminado de
obrar, esperé muy poco tiempo pues Doña Clarita tenía claro a lo que iba. Para
cuando iba a entrar nuevamente a la letrina, el bebé lloró a todo pulmón. Sin
tanta premura Doña Clarita me echó los ojos encima y caminamos lentamente hacia
el dormitorio, mientras el silencio inundaba la atmosfera. Para cuando entramos,
el bebé pataleaba y Doña Clarita fue por el para arrullarlo entre sus brazos.
El bebé no cedía y despertó a Don Fausto, que sin vacilaciones me pidió que
hiciera algo con el bebé. Lo tomé por los brazos y comencé a dar vueltas por la
habitación, mientras Don Fausto se incorporaba y Doña Clarita me miraba inquisitivamente.
El bebé no se dormía por nada del mundo así que decidí sentarme en la orilla
del camastro que estaba pegado a la ventana, Doña Clarita me alumbraba para ver
que el bebé no se ahogará, pues ella estaba segura de que estaba impaciente el
bebé porque no había repetido. Fue en un pequeño parpadeo que el bebé tenía
algo en la mano. Algo similar a una saliva muy espesa, la luz no permitió
aseverar si lo era o no. Pues el grito de Doña Clarita mirando al techo provoco
que Don Fausto tomara el machete y tirará uno golpe con el machete al hilo de
saliva que caía en la mano del niño. El lamento de la bestia que estaba en el
cuarto apagó el quinqué que comenzó a buscar la salida del dormitorio. Hasta
que termino por salir por la ventana rompiendo los vidrio, perdiéndose así
entre la nada. Ese día no pudimos pegar el sueño toda la noche, esperamos que
la bestia regresara en busca del niño, pero cayó el sol y no había rastros
considerables de una bestia herida.
La madre del pequeño fue a
primera hora del día por él, quien dormía plácidamente después de que todos le
veláramos el sueño. Doña Clarita omitió cualquier comentario alguno al respecto
a lo que paso en la noche. Don Fausto subió algunas cajas y huacales a la negra
Tomasa y salimos en marcha al trabajo, dubitativo buscaba alguna respuesta en
el camino. Pero nada de lo ocurrido en la noche tenía una explicación real.
Llegamos al negocio y acomodamos todo para iniciar la venta. Pasamos al negocio
de los caldos, el señor limpiaba la mesa y nos ofrecía caldo de gallina, algo
en él estaba raro parecía que había pasado una mala noche. Al mirar a la
cocinera, una mujer entrada en los cincuenta me miró fijamente y le mantuve la
mirada. Ella me dedicaría una sonrisa para terminar por enseñarme que le
faltaba la lengua…


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